Los Ocho Pecados Capitales (Konrad Lorenz) I

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Los Ocho Pecados Capitales (Konrad Lorenz) I

Mensaje  Admin el Lun Dic 06, 2010 7:53 pm

Propiedades estructurales e interferencias funcionales de los sistemas vivos.

La Etología puede ser definida como aquella rama del saber que surgió cuando se aplicaron a la investigación del comportamiento animal y humano las indagaciones y los métodos que, desde Charles Darwin, resultaban ya sobreentendidos y obligatorios en todas las demás disciplinas biológicas. El que esto sucediera de un modo tan sorprendentemente tardío tiene sus razones en la Historia de la investigación del comportamiento, la que veremos más adelante, en el Capítulo dedicado al adoctrinamiento. La Etología concibe, pues, el comportamiento – tanto animal como humano – como la función de un Sistema que debe su existencia y su forma especial a un desarrollo histórico que ha tenido lugar en la filogenia, en el desarrollo del individuo y, en el hombre, en la Historial cultural. La pregunta auténticamente causal acerca de por qué un determinado sistema está constituido de una forma y no de otra, es una pregunta cuya respuesta legítima sólo puede encontrarse en la explicación natural de este devenir.

Entre las causas de todo desarrollo orgánico, al lado de los procesos de mutación y de recombinación de genes, el papel más importante lo desempeña la selección natural. Ésta produce lo que llamamos adaptación, un proceso auténticamente cognitivo por medio del cual el organismo asimila informaciones que están disponibles en el medio ambiente y que resultan relevantes para su supervivencia; lo que equivale a decir que es un proceso por medio del cual el organismo adquiere un conocimiento sobre el medioambiente.

La existencia de estructuras y funciones surgidas por adaptación es característico de los seres vivos. En el mundo inorgánico no existe nada semejante. Con ello al investigador se le impone una pregunta que el físico y el químico no conocen. Es la pregunta de “¿para qué?”. Cuando la biología hace esta pregunta, no está buscando una explicación teleológica sino, más modestamente, quiere saber tan sólo en qué medida o forma un caracter determinado contribuye al mantenimiento de la especie. Cuando nos preguntamos para qué posee el gato garras curvas y respondemos: “para cazar ratones”, el razonamiento no es sino una síntesis abreviada. En realidad, lo que queremos saber es qué función contributiva al mantenimiento de la especie del gato ha podido seleccionar en él esta forma de garra.

Cuando uno se ha pasado toda una larga vida de investigador haciéndose una y otra vez esta pregunta ante las más sorprendentes estructuras y maneras de comportamiento; y cuando una y otra vez ha podido encontrar siempre una respuesta convincente a dicha pregunta, uno se inclina a opinar que las complejas y en general prodigiosas formas de constitución corporal y de comportamiento nunca se producen de otra manera que no sea por selección y adaptación. Sin embargo, la opinión queda puesta en duda cuando se aplica esa pregunta del “¿para qué?” a ciertos y regularmente observables modos de comportamiento de la humanidad civilizada. ¿Para qué le sirve a la humanidad su ilimitada reproducción; el apresuramiento competitivo con un ritmo que llega a lo demencial, el armamentismo cada vez mayor y cada vez más terrorífico, el reblandecimiento cada vez mayor del hombre urbano, etc. etc.? No obstante, al mirar las cosas más de cerca queda en claro que prácticamente todos estos errores son interferencias que actúan sobre mecanismos de comportamiento muy precisos que en su origen pudieron muy bien ser conservadores de la especie. En otras palabras: hay que entenderlos como patologías.

El análisis del sistema orgánico sobre el que se basa el comportamiento social del ser humano es el objetivo más difícil y más ambicioso que la ciencia natural se puede imponer desde el momento en que este sistema es, por lejos, el más complejo que existe sobre el planeta. Se podría llegar a pensar que este objetivo, ya de por sí difícil, se vuelve por completo imposible de alcanzar debido a que el comportamiento del ser humano resulta modificado y superpuesto – en múltiples e impredecibles modos – por fenómenos patológicos. Por suerte, esto no es así. La interferencia patológica no sólo está muy lejos de representar un obstáculo insalvable para el análisis de un sistema orgánico sino que, por el contrario, con mucha frecuencia brinda precisamente la clave para entenderlo. De la historia de la fisiología conocemos casos en que el investigador descubrió la existencia de un importante sistema orgánico recién cuando una interferencia patológica produjo una enfermedad en el mismo. Cuando E. T. Kocher trató de curar la llamada Enfermedad de Basedow mediante la extirpación de la glándula tiroides provocó al principio tetanía y convulsiones porque había extirpado también las glándulas adyacentes que regulan el intercambio de calcio. Cuando corrigió este error, produjo con el todavía demasiado radical procedimiento de la extirpación de la glándula tiroides un complejo sintomatológico que llamó Kachexia thyreopriva y que presentaba ciertas similitudes con el Myxödem, una forma de la idiocía bastante frecuente en los valles alpinos con fuentes de agua muy pobres en yodo. De estos y similares descubrimientos resultó que las glándulas con sus secreciones internas forman un sistema en el cual, literalmente, todo está causalmente relacionado con todo. Cada una de las secreciones descargadas en la sangre por las glándulas endocrinas produce un efecto precisamente determinado sobre todo el organismo; un efecto que puede influir sobre el metabolismo, los procesos de crecimiento, el comportamiento y otras áreas. Por ello es que a estas secreciones se las llama “hormonas” (del griego hormao = impulso). La acción de dos hormonas puede ser exactamente opuesta; pueden ser “antagónicas” de un modo similar a como pueden serlo dos músculos que concurren a posicionar una articulación en la posición deseada y lo mantienen en esa posición. Mientras el equilibrio hormonal se mantenga, ni nos damos cuenta de que el sistema de las glándulas endocrinas está edificado sobre funciones parciales. Pero en el momento en que algo interfiere la armonía de las acciones y reacciones, aunque sea tan sólo un poco, el estado general del organismo se desvía del deseado “valor preestablecido”; es decir: se enferma. Un exceso de hormona tiroidea provoca la Enfermedad de Basedow; una insuficiencia ocasiona el Myxödem.

El sistema de las glándulas endocrinas y la historia de su investigación nos ofrecen valiosas sugerencias sobre cómo deberíamos proceder en nuestro intento de comprender el sistema total de los impulsos humanos. Se sobreentiende que la arquitectura de este sistema es mucho más compleja, y por fuerza debe serlo puesto que incluye en si misma, como un sub-sistema, a todo el sistema de las glándulas endocrinas. El ser humano posee evidentemente una enorme cantidad de fuentes independientes de impulsos de los cuales un gran número puede rastrearse hasta conductas-programadas, es decir: “instintos”, que surgieron a lo largo de su filogenia. Llama a engaño describir al ser humano como un “ser reductor de instintos”, tal como yo mismo solía hacerlo antes. Es cierto que largas y completas cadenas de comportamientos innatos pueden “disolverse” en el transcurso de la evolución filogénica de la capacidad del aprendizaje y la comprensión, en el sentido de que se pierde el acoplamiento obligado entre sus componentes, de modo tal que estos eslabones terminan quedando a disposición del sujeto de un modo independiente, tal como P. Leyhausen demostró convincentemente en los felinos predadores. Al mismo tiempo, sin embargo, como también lo demostró Leyhausen, cada uno de estos eslabones puestos en disponibilidad se convierte en un impulso autónomo que desarrolla su propio comportamiento tendiente a lograr su satisfacción. Sin duda, al ser humano le faltan largas cadenas de movimientos instintivos obligatoriamente acoplados entre si, pero, en la medida en que es lícito extrapolar de los resultados obtenidos de los mamíferos superiores, se puede suponer que el hombre dispone de más – y no menos – impulsos auténticamente instintivos que cualquier otro animal. En todo caso, debemos contar con esta posibilidad al intentar su análisis como sistema.

Esto se vuelve especialmente importante en la evaluación de comportamientos que están obviamente interferidos de un modo patológico. Ronald Hargreaves fue un psiquiatra que lamentablemente desapareció demasiado pronto. En una de sus últimas cartas me escribió que, ante cada intento de comprender una disfunción mental, se había hecho la costumbre metodológica de hacerse dos preguntas. En primer lugar la de cual podría ser la función normal, contribuyente al mantenimiento de la especie, del sistema perturbado en el caso dado. Y en segundo lugar, la de qué clase de perturbación se trataba; es decir: si estaba siendo producida por la hiper-función o por la infra-función de un sistema parcial. Los sistemas parciales de una totalidad orgánica compleja están en una relación mutua tan íntima que muchas veces se hace difícil delimitar sus funciones específicas ya que ninguna de ellas es imaginable en su forma normal sin el concurso de todas las demás. Más aún: ni siquiera las estructuras de los sistemas parciales son siempre claramente definibles. Es en este sentido que hay que entender a Paul Weiss cuando en su inspirado escrito “Determinism Stratified” nos dice de los sistemas subordinados: “Un sistema es todo aquello que posee suficiente homogeneidad como para merecer un nombre”.

Hay muchos impulsos humanos lo suficientemente homogéneos como para merecer un nombre en el lenguaje común. Palabras como odio, amor, amistad, ira, lealtad, encariñamiento, desconfianza, confianza, etc. describen todas situaciones que se condicen con la predisposición a comportamientos muy bien determinados y no difieren en esto de los términos acuñados por la ciencia del comportamiento tales como agresividad, tendencia al ordenamiento jerárquico, territorialidad, etc. como que tampoco difieren de todos los otros términos compuestos con carga emocional tales como cloquera, celo, impulso a volar, etc. Podemos confiar en la sensibilidad que nuestro idioma cotidiano y usual tiene para con profundas interrelaciones psicológicas y otorgarle la misma confianza a la intuición del observador científico que investiga a los animales, tanto como para suponer – por de pronto como hipótesis de trabajo – que cada una de estas denominaciones relacionadas con estados de ánimo humanos y predisposiciones a la acción humanas se condice con un sistema-implusor real siendo que, provisoriamente, carece de importancia establecer en qué proporción el impulso en cuestión toma su fuerza de fuentes filogenéticas o de fuentes culturales. Podemos suponer que cada uno de estos impulsos es miembro de un sistema bien ordenado y armónicamente operativo siendo que, como tal, resulta indispensable. La pregunta de si el odio, el amor, la lealtad, la desconfianza etc. son “buenos” o “malos” sólo puede hacerse sin comprender la función sistémica de este todo y resulta exactamente tan tonta como si alguien hiciera la pregunta de si la glándula tiroides es buena o mala en definitiva. La concepción usual de que es posible catalogar tales manifestaciones en buenas y malas; que amor, lealtad y confianza son buenos mientras que odio, deslealtad y desconfianza son malos, proviene tan sólo del hecho de que, en nuestra sociedad, las primeras en general escasean mientras que las segundas abundan. Un amor demasiado grande malcría innumerables niños prometedores; una mítica lealtad nibelungueana elevada a la categoría de valor absoluto intrínseco ha demostrado tener consecuencias infernales y Erik Erikson ha demostrado hace poco, con una argumentación irrebatible, que la desconfianza es imprescindible.

Una propiedad estructural de todos los sistemas orgánicos altamente integrados es la regulación a través de los llamados circuitos regulatorios u homeóstasis. Para tener una idea de su efecto, imaginemos por de pronto un entretejido dinámico compuesto por cierto número de sistemas que se refuerzan en sus funciones mutuamente y de tal modo que el sistema “A” apoya los efectos del sistema “B”, éste los del “C” y así sucesivamente hasta que por último el sistema “Z” ejerce un efecto reforzador sobre los efectos del primer sistema “A”. Un circuito de “realimentación positiva” como éste puede hallarse, en el mejor de los casos, en un equilibrio inestable. El más mínimo aumento de uno solo de los efectos forzosamente tiene que conducir a una catarata de aumentos en la totalidad de las funciones sistémicas y, viceversa, la más mínima de las reducciones llevaría a la progresiva suspensión de toda actividad. Tal como la tecnología ha descubierto desde hace mucho tiempo, un sistema inestable de estas características puede ser convertido en un sistema estable mediante la incorporación al circuito de un solo elemento cuya acción sobre el elemento siguiente sea tanto más débil mientras más fuerte sea el estímulo que reciba del elemento anterior. De este modo se establece un circuito regulado, una homeóstasis, o “retroalimentación negativa” como también suele llamarse. Es uno de los pocos procesos que resultó inventado por los técnicos antes de que fuera descubierto por las ciencias naturales en el ámbito de lo orgánico.

En la naturaleza viva existen incontables circuitos regulados. Son tan imprescindibles para el sostenimiento de la vida que es casi imposible imaginarla sin el simultáneo “invento” del circuito regulado. Prácticamente no es posible encontrar circuitos de retroalimentación positiva en la naturaleza. En el mejor de los casos, existen como fenómenos que crecen y se agotan rápidamente, al modo de las avalanchas o el incendio en un pastizal. Algunas interferencias patológicas en la vida social de los seres humanos nos hacen recordar, en relación con estos fenómenos, lo que Schiller dice en “La Campana” refiriéndose a los poderes del fuego: “¡...pero ay si se los libera!”

La retroalimentación negativa del circuito regulado hace innecesario que los efectos de cada uno de los subsistemas que en él participan esté fijamente establecido a una medida determinada. Un pequeño sobre-funcionamiento o infra-funcionamiento puede ser equilibrado con facilidad. A una interferencia peligrosa del sistema completo se llega tan sólo cuando una función parcial resulta aumentada o disminuida en tal medida que la homeóstasis ya no puede equilibrarla, o bien y por el otro lado, cuando algo falla en el mecanismo regulador propiamente dicho. En lo que sigue hallaremos ejemplos de ambos casos.

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