Los Ocho Pecados Capitales (Konrad Lorenz) II

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Los Ocho Pecados Capitales (Konrad Lorenz) II

Mensaje  Admin el Lun Dic 06, 2010 7:55 pm

Sobrepoblación

En el organismo individual, normalmente, es muy poco probable que encontremos un circuito de retroalimentación positiva. Solamente la vida como un todo goza del privilegio de estos desenfrenos, impunemente hasta ahora y por lo que parece. La vida orgánica, como si fuera una extraña represa, se ha colocado a si misma en el torrente de la energía cósmica que se disipa. Está “devorando” entropía negativa. Acapara energía, crece con ello, y en virtud de su crecimiento se coloca en posición de acaparar más y más energía, haciéndolo de un modo tanto más rápido mientras más energía ha acaparado ya. Que esto no ha llevado a un desborde y a la catástrofe se debe a que la multiplicación de los seres vivos está mantenida dentro de ciertos límites por los despiadados poderes de lo inorgánico y por las leyes de la probabilidad. Además, en segundo lugar, también se debe a que se han desarrollado circuitos reguladores dentro de las diferentes especies de seres vivos. De qué manera actúan estos circuitos es algo que se verá brevemente en el próximo capítulo que trata de la destrucción del espacio vital terrestre. Tratar en primer término la irrefrenada multiplicación de los seres humanos es algo aconsejable aunque más no sea por el hecho de que varios de los fenómenos que se tratarán a continuación no son más que su consecuencia.

Todas las oportunidades que le surgen al ser humano gracias a la profunda comprensión de la naturaleza que lo rodea; el avance de su tecnología; sus ciencias químicas y médicas; todo lo que parece estar dispuesto para aliviar el sufrimiento humano, termina actuando de un modo espantoso y paradójico en pro de la desgracia de la humanidad. El ser humano amenaza con hacer precisamente lo que de otro modo casi nunca les sucede a los sistemas vivos, es decir: sofocarse a si mismo. Lo más espantoso es que a través de estos procesos apocalípticos y según todas las apariencias, las primeras en sucumbir son nuestras propiedades y facultades más elevadas y nobles, precisamente aquellas que percibimos y valoramos con todo derecho como las más específicamente humanas.

Todos nosotros, que vivimos en países cultos densamente poblados y hasta en grandes ciudades, ya ni sabemos qué tan carentes estamos de un general, afable y cálido amor al prójimo. Hay que haber llegado como huésped no invitado a una casa, en un país escasamente poblado, dónde varios kilómetros de malas calles separan a los vecinos entre si, para poder evaluar qué tan hospitalario y amablemente sociable es el ser humano cuando su capacidad para el contacto social no está constantemente sobre-exigida. Una experiencia inolvidable me hizo tomar conciencia de esto en su oportunidad. Estaba yo hospedando en mi casa a un matrimonio norteamericano de Wisconsin, ambos guardaparques profesionales, cuya vivienda se halla en completa soledad en medio del bosque. Estábamos justo por sentarnos a cenar cuando sonó el timbre de calle y yo exclamé irritado: “¡Quién será esta vez!” Ni aún permitiéndome la mayor de las descortesías podría haber perturbado más a mis invitados. Para ellos era escandaloso que alguien respondiese a un inesperado llamado a la puerta de otro modo que no fuese con alegría.

Seguramente el hacinamiento de masas de seres humanos en las modernas megalópolis tiene gran parte de la culpa de que ya no somos capaces de distinguir el rostro del prójimo en medio de una fantasmagoría de caras eternamente cambiantes que se superponen y se difuminan. Nuestro amor al prójimo se diluye tanto con las masas de los semejantes adyacentes, con los demasiado cercanos, que al final ya no quedan ni rastros de él. Aquél que en absoluto todavía quiere cultivar sentimientos afectuosos y cálidos hacia el prójimo, se encuentra obligado a concentrarlos sobre un número reducido de amigos, porque no estamos construidos de manera tal de poder amar a todos los seres humanos, por más correcto y ético que sea el imperativo de hacerlo. Debemos, pues, hacer una selección. Es decir: emocionalmente debemos “mantenernos a distancia” de algunos seres humanos que de seguro serían igualmente merecedores de nuestra amistad. “Not to get emotionally involved” [1] es una de las preocupaciones principales de muchos habitantes de las grandes ciudades. Este procedimiento, que ninguno de nosotros puede llegar a evitar del todo, ya tiene el mal hálito de lo inhumano. Recuerda a los propietarios de las plantaciones del Sur norteamericano que trataban de un modo muy humano a sus “negros domésticos” pero que a los esclavos que trabajaban en la plantación les dispensaban, en el mejor de los casos, un trato acorde al de animales domésticos relativamente valiosos. Si este blindaje deliberado contra contactos humanos se extiende, conduce, conjuntamente con los fenómenos de la merma de la sensibilidad que se tratarán más adelante, a esos espantosos fenómenos de indiferencia de los cuales nos informa la prensa todos los días. Mientras más se extiende la masificación del ser humano, más imperioso se vuelve para el individuo aislado el “not to get involved”. Así, en la actualidad precisamente en las grandes ciudades es dónde el robo, el homicidio y la violación pueden suceder a plena luz del día y en calles de intenso tránsito, sin que ningún “pasante” se involucre para hacer algo al respecto.

El hacinamiento de muchos seres humanos en un espacio reducido no sólo conduce a fenómenos de deshumanización por la vía indirecta del agotamiento y el empantanamiento de las relaciones interhumanas sino que directamente produce un comportamiento agresivo. Sabemos por muchísimos experimentos con animales que la agresión intra-específica [2] puede ser aumentada mediante el hacinamiento. Aquél que no lo ha experimentado por si mismo siendo prisionero de guerra o habiendo vivido en una similar agrupación forzada de muchas personas, no puede ni siquiera formarse una idea de los grados que puede alcanzar la irritabilidad por trivialidades en alguien bajo esas condiciones. El estado aumenta hasta convertirse en tortura justamente cuando uno considera que se tiene a si mismo bajo control y se esfuerza por tener un comportamiento amable – es decir: amistoso – en el contacto cotidiano y continuo con congéneres que no son sus amigos. La predisposición a la animadversión general que uno puede observar en las grandes ciudades es claramente proporcional a la densidad del hacinamiento de las multitudes en diferentes lugares. En las grandes estaciones ferroviarias o, por ejemplo, en la terminal de ómnibus de Nueva York, llega a grados terroríficos.

De un modo indirecto, la sobrepoblación contribuye a varias anormalidades y manifestaciones de deterioro que trataremos en los próximos siete capítulos. En todo caso, me parece una ilusión peligrosa el creer que, mediante un “condicionamiento” adecuado, se puede producir una nueva clase de seres humanos que sea resistente a las consecuencias nefastas del más denso de los hacinamientos.

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