Los Ocho Pecados Capitales (Konrad Lorenz) III

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Los Ocho Pecados Capitales (Konrad Lorenz) III

Mensaje  Admin el Lun Dic 06, 2010 8:00 pm

Desertización del espacio vital

El creer que “la naturaleza” es inagotable constituye un error ampliamente difundido. Cada especie de animal, planta u hongo – ya que las tres clases de seres vivientes pertenecen al mismo gran sistema – está adaptado a su medioambiente y a este medioambiente no pertenecen, obviamente, tan sólo los componentes inorgánicos de una zona geográfica determinada sino, de la misma manera, también todos sus habitantes vivientes. Por lo tanto, todos los seres vivos de un espacio vital están adaptados los unos a los otros. Esto vale también para aquellos que se enfrentan de un modo aparentemente hostil, como por ejemplo la fiera y su presa, el animal predador y su alimento. Una observación más atenta deja en claro que estos seres, considerados como especie y no como individuos, no solamente no se perjudican sino que a veces hasta forman una comunidad de intereses. Es completamente obvio que la fiera tiene un ardiente interés en la supervivencia de la presa de la cual vive, sea esta presa vegetal o animal. Mientras más exclusivamente especializado esté para ciertas clases de alimento, necesariamente más grande será este interés. La fiera, en estos casos, jamás podría exterminar a su presa. El último par de fieras ya habría muerto de hambre hace rato antes de haberse encontrado siquiera con el último par de la especie que constituye su presa. Cuando la densidad poblacional de la presa baja de determinados límites, la fiera sucumbe, tal como por suerte le ha sucedido a la mayor parte de las empresas balleneras. Cuando el Dingo – que originalmente era un perro doméstico – llegó a Australia y se hizo salvaje allí, no causó el exterminio de ninguno de los animales de los cuales vivía, aunque sí lo hizo con los dos grandes marsupiales predadores, el “lobo” marsupial Thylacinus y el “diablo” marsupial Sarcophilus. Estos marsupiales dotados de una mordida directamente tremenda hubieran sido, por mucho, superiores al Dingo en una pelea individual pero, al disponer de un cerebro más primitivo, necesitaban una población de presas de una densidad mucho mayor que el perro salvaje que los superaba en inteligencia. Los marsupiales no fueron muertos a dentelladas por el Dingo. Éste los exterminó con su competencia y los hizo morir de hambre.

Sucede sólo raras veces que la reproducción de un animal esté regulada directamente por la cantidad del alimento disponible. Sucede que esto sería antieconómico tanto desde el punto de vista de la fiera como del de su presa. Un pescador que vive del aporte de un lago, hará muy bien en pescar en el mismo tan sólo hasta el punto de asegurarse de que los peces restantes puedan producir el máximo de descendencia que equipare la cantidad de peces extraídos. Esta cantidad óptima es algo que solo se puede computar mediante un complicado cálculo de máximos y mínimos. Si se pesca demasiado poco, el lago permanecerá sobrepoblado y no habrá una cría numerosa de nuevos peces. Si se pesca en exceso quedarán demasiado pocos peces-reproductores, insuficientes para producir la cantidad de peces que el lago bien podría alimentar y dejar crecer. Tal como lo ha demostrado V. C. Wynne-Edwards, muchísimas especies de animales practican una clase análoga de economía. Aparte de la delimitación de territorios, que impide una concentración demasiado densa de coexistencia, existen todavía otras formas diferentes de comportamiento que impiden una sobre-explotación de los medios de subsistencia disponibles.

No es en absoluto infrecuente que la especie devorada obtenga manifiestas ventajas de la especie devoradora. No es tan sólo que el índice de reproducción de los animales o las plantas que sirven de alimento está correlacionada con los hábitos alimentarios de un consumidor, y de tal modo que se produciría un desorden en el equilibrio vital existente entre ambos si este factor desapareciera. Los grandes colapsos de población que se pueden mencionar en roedores de reproducción rápida, inmediatamente después de haberse alcanzado la densidad poblacional máxima, son ciertamente más peligrosos para la continuidad de la especie que el equilibrado mantenimiento de un valor medio, tal como lo garantiza la “cosecha” de los sobrantes por parte de los animales predadores. En muchos casos, la simbiosis entre el devorador y el devorado va muchísimo más lejos. Existen muchas especies de pasto que están directamente “construidas” para ser constantemente cortadas y pisoteadas por grandes ungulados, algo que en los céspedes artificiales se tiene que imitar mediante un constante mantenimiento. Cuando estos factores desaparecen, los pastos son pronto suplantados por otros que no soportan este tipo de tratamiento pero que, desde otro punto de vista, son más agresivos para imponerse. En resumen, dos formas de vida pueden estar relacionadas entre si de un modo muy similar a cómo se relaciona el ser humano con sus animales domésticos y sus plantas cultivadas. Las normas que rigen estas relaciones recíprocas son también frecuentemente bastante parecidas a la economía humana, algo que también se refleja en el término que la ciencia biológica ha acuñado para expresar estas interrelaciones: se llama ecología. Hay un concepto económico del cual todavía nos ocuparemos y que, en todo caso, no aparece en la ecología de los animales y de las plantas. Es el de la depredación o esquilmamiento del suelo.

Las relaciones recíprocas que existen en el entretejido de las variadas especies de animales, plantas y hongos que habitan un espacio vital en común y que, en conjunto, constituyen la comunidad vital o biosfera, son tremendamente multifacéticas y complejas. La adaptación de las diferentes especies de seres vivos, que se ha producido en espacios de tiempo cuyo rango de magnitud se condice con la geología y no con la Historia humana, ha producido un estado de equilibrio tan admirable como fácil de romper. Hay muchos procesos reguladores que aseguran este equilibrio contra las interferencias inevitables causadas por el clima y otros factores similares. Todos los cambios que se producen lentamente, como los de la evolución de las especies y los que se producen por progresivos cambios climáticos, no pueden poner en peligro el equilibrio de un espacio vital. Sin embargo, influencias súbitas, aun cuando sean aparentemente de menor trascendencia, pueden producir efectos inesperadamente grandes y hasta catastróficos. La introducción de una especie animal aparentemente inofensiva puede producir la desertización, en el sentido literal de la palabra, de grandes áreas geográficas, tal como sucedió en Australia con los conejos. Esta intromisión en el equilibrio de un biotopo fue ocasionada por el ser humano. Efectos iguales, aunque menos frecuentes, pueden, en principio, producirse también sin su intervención.

La ecología del ser humano se modifica a una velocidad muchas veces superior a la de los demás seres vivos. El ritmo de la modificación le está dictado al ser humano por el progreso de su tecnología que se acelera constantemente en una proporción geométrica. Por ello es que el ser humano no puede menos que hacer profundos cambios y, con demasiada frecuencia, produce el colapso total de la biosfera en la cual y de la cual vive. Una excepción en esto la constituyen solamente muy pocas tribus “salvajes” como, por ejemplo, algunos indios de la selva sudamericana que viven como recolectores y cazadores; o la población de algunas islas de Oceanía, que lleva a cabo algunas pocas actividades agrarias y que, en lo esencial, vive de los cocoteros y de los productos del mar. Culturas como éstas no ejercen sobre el biotopo una influencia distinta a la de una especie animal. Este es uno de los modos teóricamente posibles en que el ser humano puede vivir en equilibrio con su biotopo. El otro es creándose un biotopo propio, mediante actividades agrícolo-ganaderas completamente dimensionadas según sus necesidades, un biotopo que, en principio, es exactamente tan sustentable en el largo plazo como algún otro surgido sin su intervención. Esto es válido para algunas antiguas culturas agrarias en las cuales las personas, durante muchas generaciones, han estado sobre la misma tierra, la aman, y le devuelven al suelo lo que del mismo han recibido mediante muy buenos conocimientos ecológicos obtenidos de la práctica y la experiencia.

Sucede que el campesino sabe algo que el resto de la humanidad parece haber olvidado, y es que las bases vitales de todo el planeta no son inagotables. Después de que en América grandes extensiones de tierras cultivables se convirtieron en desiertos como consecuencia de la erosión del suelo que siguió a la depredación; después de que grandes áreas se volvieron estériles por la tala de árboles y se extinguieran innumerables especies de animales útiles; estos hechos están siendo nuevamente comprendidos, en especial porque grandes empresas industriales de la agricultura, la pesca y la caza de ballenas comenzaron a sentir sus consecuencias dolorosamente desde el punto de vista comercial. Pero aun así, ¡estos hechos todavía no son reconocidos en forma general y no han penetrado en la conciencia de la opinión pública!

El frenesí de los tiempos actuales, del cual todavía hablaremos en el próximo capítulo, no le deja tiempo a los seres humanos para verificar y para evaluar, antes de actuar. Para colmo, los inconscientes hasta están orgullosos de ser “doers” [3] – “hacedores” – mientras se convierten en atentadores contra la naturaleza y contra si mismos. Los atentados se perpetran actualmente en todas partes mediante el empleo de sustancias químicas, como por ejemplo en el uso de los insecticidas en la industria agrícola y frutícola, pero con casi la misma miopía en la farmacopea. Los biólogos inmunólogos están manifestando serias dudas respecto de medicamentos de uso generalizado. La psicología del “tener-que-tenerlo-inmediatamente”, sobre la cual volveré en el Capítulo IV, hace que algunos sectores de la industria química sean directamente irresponsables de un modo criminal en lo que se refiere a la distribución de productos cuyo efecto a largo plazo no es previsible en absoluto. En lo que se refiere al futuro ecológico de la agricultura, pero también en cuanto a cuestiones médicas, impera una inconciencia realmente increíble. Aquellos que se han atrevido a advertir y que se han alzado en contra del empleo inconsciente de sustancias tóxicas han sido desacreditados de la forma más infame y se los ha acallado.

La humanidad civilizada, al desertizar de forma ciega y vandálica a la naturaleza viva que la rodea y sostiene, se expone a la amenaza de la ruina ecológica. Cuando sienta esta ruina también económicamente, es posible que reconozca sus errores, sólo que, con mucha probabilidad, para ése entonces ya será tarde. Sin embargo, de lo que menos se da cuenta es de la manera en que está dañando su espíritu en el transcurso de este bárbaro proceso. El general y rápidamente creciente distanciamiento de la naturaleza viviente tiene gran parte de la culpa del embrutecimiento estético y ético del hombre civilizado. ¿Cómo habría de despertarse en el ser humano en vía de desarrollo un profundo respeto por su entorno cuando todo lo que le rodea es obra de seres humanos, siendo que esta obra es baratísima y fea además? Al habitante de la ciudad, hasta el panorama de un cielo estrellado le está obstaculizado por las torres de los edificios y una atmósfera químicamente contaminada. De este modo, no es demasiado sorprendente que el avance de la civilización venga de la mano de un tan lamentable afeamiento de la ciudad y del campo. Compárese con los ojos bien abiertos el viejo centro de cualquier ciudad alemana con su moderna periferia; o bien incluso la atrocidad cultural que se expande rápidamente hacia el campo circundante con los lugares que aun no han sido atacadas por ella. Y después compárese el cuadro histológico de cualquier tejido normal con el de un tumor maligno. ¡Se encontrarán analogías sorprendentes! Considerándola de forma objetiva, y traduciendo lo estético a lo cuantificable, esta diferencia consiste esencialmente en una pérdida de información.

La célula del tumor maligno se diferencia de la célula corporal normal por sobre todo en que, ha perdido la información genética que necesita para desempeñar su papel como miembro útil de la comunidad de intereses que es el cuerpo. Se comporta, por lo tanto, como un animal unicelular, o bien y mejor dicho, como una joven célula embrionaria. Carece de estructuras especiales y se divide de un modo desenfrenado y desconsiderado, de tal modo que el tejido tumoral crece, se infiltra hacia dentro de los tejidos todavía sanos que lo circundan, y los destruye. Las evidentes analogías existentes entre el cuadro de la periferia de una gran ciudad y un tumor responden al hecho de que, tanto en un caso como en el otro, en el ámbito aun sano se materializaba una multiplicidad de muy diferentes pero finamente diferenciados planes arquitectónicos que deben su sabio equilibrio a una información recolectada durante su larga historia evolutiva, mientras que en el ámbito desertizado por el tumor o por la tecnología moderna, el cuadro está dominado por estructuras muy escasas y extremadamente simplificadas. El cuadro histológico de las células tumorales completamente uniformes y estructuralmente pobres posee una desesperante similitud con la vista aérea del sector moderno de una ciudad con sus viviendas estandardizadas, diseñadas sin muchas consideraciones por arquitectos culturalmente pauperizados y en medio de una competencia frenética. Los procesos de la carrera que la humanidad corre compitiendo consigo misma y que se tratarán en el próximo capítulo, ejercen una influencia letal sobre la construcción de viviendas. No se trata solamente de consideraciones económicas que hacen que los elementos de construcción producidos masivamente sean más baratos. También la moda de nivelarlo todo contribuye a que en las periferias de las ciudades de todos los países civilizados surjan alojamientos masivos por cientos de miles de unidades, diferenciables entre si tan sólo por un número y que ni siquiera merecen el nombre de “vivienda” desde el momento en que, en el mejor de los casos, constituyen montones de jaulas para el ganado humano, tanto como para poner esta expresión en analogía con el ganado común.

Mantener gallinas Leghorn en jaulas es, con justa razón, considerado como una forma de torturar animales y una atrocidad cultural. El hacer algo análogo con seres humanos se considera totalmente permitido, aun a pesar de que es justamente el ser humano quien menos soporta un tratamiento tan indignamente inhumano en la acepción más verdadera de la expresión. La autovaloración de la persona normal exige, con todo derecho, la afirmación de su individualidad. El ser humano no está, como una hormiga o una termita, construido por su filogenia de tal modo de poder soportar una existencia de elemento anónimo y completamente intercambiable entre millones de congéneres exactamente iguales. Véase tan sólo una vez con los ojos bien abiertos un asentamiento de horticultores y obsérvense los efectos que produce allí la pasión del ser humano por expresar su individualidad. El habitante de la jaula para seres humanos dispone de un solo camino para mantener su autoestima: desplazar de su conciencia la existencia de la multitud de personas que padecen su misma condición y encapsularse en si mismo bien lejos de su prójimo. En muchísimas viviendas masivas, entre los balcones de cada vivienda, existen paredes separadoras que hacen invisible al vecino. Nadie quiere tener un contacto social “por sobre la cerca” con el vecino porque el temor de verse a uno mismo reflejado en él es demasiado grande. También por este camino la masificación conduce a la soledad y a la insolidaridad para con el prójimo.

El sentido estético y el sentido ético están, evidentemente, muy relacionados entre si y las personas que deben vivir bajo las condiciones que acabamos de tratar padecen de un modo bastante evidente de una atrofia de ambos. La belleza de la naturaleza y la belleza del entorno cultural creado por el ser humano son, evidentemente, ambos necesarios para mantener la salud del alma y del espíritu del ser humano. La total ceguera espiritual para todo lo bello que hoy se extiende tan rápidamente por todas partes, es una enfermedad mental que debe ser tomada en serio aunque más no sea porque es correlativa de una insensibilidad frente a lo éticamente execrable.

Entre quienes deben decidir si se construirá una calle, una usina o una fábrica que destruirá para siempre la belleza de todo un amplio paisaje, las consideraciones estéticas no juegan papel alguno. Desde el intendente de una pequeña comunidad hasta el ministro de economía de un gran Estado, existe total unanimidad de criterios en cuanto a que la belleza natural no merece sacrificio alguno de orden económico – ni tampoco político. Los escasos científicos y defensores de la naturaleza que tienen los ojos abiertos para ver la desgracia que se aproxima carecen completamente de poder. Algunos de los terrenos allá arriba a la vera del bosque aumentarán sus precios de venta si hay una calle que conduce hacia ellos, y así el encantador arroyuelo de serpentea a través del pueblo resultará entubado, enterrado y tapado, con lo cual el hermoso camino del pueblo terminará convirtiéndose en una horrenda calle de los suburbios de la ciudad.

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