Los Ocho Pecados Capitales (Konrad Lorenz) IV

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Los Ocho Pecados Capitales (Konrad Lorenz) IV

Mensaje  Admin el Lun Dic 06, 2010 8:02 pm

La competencia contra uno mismo.

Al principio del Capítulo I he explicado que, y por qué, es imprescindible la función de circuitos reguladores o retroalimentación negativa para el sostenimiento de un estado estable (steady state) en los sistemas vivientes. Más allá de ello también hemos visto que, y por qué, en la acción sobre estos circuitos los efectos de retroalimentación positiva siempre invocan el peligro del efecto-avalancha producido por una acción unitaria. Existe un caso especial de retroalimentación positiva que se produce cuando individuos de la misma especie establecen entre si una competencia que termina ejerciendo, por selección, una influencia sobre su evolución. Al contrario de la selección debida a factores extra-específicos ambientales, la selección intra-específica produce modificaciones en el capital hereditario de la especie que no solamente no multiplican sus expectativas de supervivencia sino que, en la mayoría de los casos, la perjudican claramente.

Un ejemplo ya utilizado por Oskar Heinroth para ilustrar las consecuencias de la selección intra-específica se refiere a las plumas del faisán macho Argus (Argusianus argus L.). En ocasión del celo estas plumas le son mostradas a la hembra desplegándolas de una manera similar a la rueda del pavo real que, como es sabido, está constituido por las capas superiores de la cola. Tal como está con seguridad comprobado en el caso del pavo real, es evidente que también en el caso del Argus la selección de la pareja está exclusivamente a cargo de la hembra y las posibilidades de reproducción del macho se hallan en una relación bastante directa con la fuerza de atracción que su órgano de celo ejerce sobre las hembras. Pero, mientras que la rueda del pavo real se pliega durante el vuelo en una popa más o menos aerodinámica, con lo que apenas si causa alguna molestia al volar, el alargamiento de las plumas del Argus macho lo convierte a éste en casi un incapacitado para el vuelo. Que esta incapacidad no haya llegado a ser completa obedece con seguridad a la selección que los animales carnívoros que viven a ras del suelo ejercen en sentido contrario, haciéndose cargo del necesario efecto regulador.

Mi maestro Oskar Heinroth solía decir en su drástico estilo: “Junto con el vaivén del Argus macho, el ritmo de trabajo de la humanidad moderna es el producto de selección intra-específica más estúpido que se conoce.” Esta afirmación, en el momento en que fue pronunciada, era manifiestamente profética. Hoy, sin embargo, resulta una crasa subestimación, un clásico “Understatement [4] ”. En el Argus, al igual que entre muchos animales con caracteres análogos, las influencias del medioambiente impiden que la especie, por la vía de la selección intra-específica, se lance por caminos que conducen a lo monstruoso y, en última instancia, a la catástrofe. Ninguna potencia sanamente reguladora, similar a algunas de éstas, actúa sobre la evolución cultural de la humanidad que ha aprendido a dominar – para su desgracia – todas las fuerzas de su medioambiente extra-específico pero sabe tan poco sobre si misma que está inerme y expuesta a las satánicas consecuencias de la selección intra-específica.

“Homo homini lupus” – el hombre es el lobo para el hombre – es, al igual que el famoso dicho de Heinroth, un “understatement”. Lamentablemente, el ser humano, como único factor selectivo determinante de la próxima evolución de su propia especie, no es en absoluto tan inofensivo como incluso el más peligroso de los animales feroces. La competencia del hombre contra el hombre actúa, como no lo ha hecho cualquier factor biológico anterior, directamente en contra “del poder eternamente activo y sanadoramente creador” y destruye así casi todos los valores que este poder ha creado, con un frío y endemoniado puño cuya acción está exclusivamente determinada por consideraciones comerciales, ciegas a todo valor.

Lo que es bueno y útil para la humanidad como un todo, e incluso aquello que lo es para el ser humano individual, ha sido completamente olvidado bajo la presión competitiva de las personas entre si. La impresionante mayoría de las personas actualmente vivas percibe como valor tan sólo aquello que resulta exitoso y apropiado para sobrepasar al prójimo en la competencia despiadada. Cualquier medio que sirva a este fin aparece engañosamente como un valor en si mismo. Es posible definir al devastador error del utilitarismo como la substitución del fin por los medios. El dinero, originalmente, es un medio; el idioma coloquial todavía lo sabe, ya que se dice de tal o cual persona que “tiene los medios”. Pero ¿cuántas personas quedan todavía que consiguen entenderme en absoluto cuando les quiero explicar que el dinero, en si mismo, no representa valor alguno? Exactamente lo mismo sucede con el tiempo. La expresión “time is money” [5] le dice a todo aquél que considera al dinero como un valor absoluto que lo mismo vale para cada segundo de tiempo ahorrado. Cuando se puede construir un avión que habrá de sobrevolar el Atlántico en un tiempo algo menor que los aviones actuales, nadie se pregunta qué precio se pagará por ello a través de aeropuertos con pistas más largas y mayores velocidades de despegue y aterrizaje con su correspondiente mayor riesgo y mayor ruido. El ganar media hora es, a los ojos de todo el mundo, un valor en si mismo y, para conseguirlo, ningún sacrificio puede ser demasiado grande [6] . Todas las fábricas automotrices deben ocuparse de que los nuevos modelos sean un poco más veloces que los anteriores. Con ello, todas las calles deben ser ensanchadas, cada curva debe ser reconstruida, supuestamente por una cuestión de mayor seguridad pero, en realidad, para que podamos manejar tan sólo un poquito más rápido y, también, de un modo un poquito más peligroso.

Sería cuestión de preguntarse qué es lo que le causa un mayor daño al alma de la humanidad: si la codicia enceguecedora o el apuro devastador. Pero, sea cual fuere el más dañino, está en la orientación de los dueños del poder de todas las tendencias políticas promoverlos a ambos y aumentar hasta la hipertrofia las motivaciones que impulsan a las personas a ser competitivas. Por lo que yo sé, todavía no existe un análisis de psicología profunda de estas motivaciones pero creo altamente probable que, aparte de la avidez por propiedades materiales o por una posición jerárquica social más elevada, o ambas a la vez, también el miedo juega un papel muy esencial. Miedo a ser superado en la competencia, miedo al empobrecimiento, miedo a tomar decisiones equivocadas y a no estar – o a ya no poder estar – a la altura de toda la apremiante situación. El miedo en todas sus formas es con toda seguridad el factor más esencial que mina la salud del hombre moderno produciéndole alta presión arterial, genuina atrofia renal, infarto cardíaco prematuro y placeres similares. La persona ansiosa seguramente no está tentada solamente por la codicia. Las más fuertes tentaciones no podrían llevarlo a dañarse a si mismo de una forma tan enérgica. Está impulsado, y lo que lo impulsa sólo puede ser miedo.

La ansiedad con miedo y el miedo con ansiedad contribuyen a robarle al ser humano sus cualidades más esenciales. Una de ellas es la reflexión. Tal como lo he detallado en mi trabajo “Innate bases of Learning” [7] , a lo largo del enigmático proceso de hominización muy probablemente jugó un papel decisivo el hecho de que ese ser que con tanta curiosidad exploraba su medio ambiente, un buen día se descubrió a si mismo en el campo visual de su investigación. Este descubrimiento del propio ser no tiene en absoluto que haberse producido con aquél asombro ante lo hasta ayer sobreentendido que dio nacimiento a la filosofía. El sólo hecho de que, pongamos por caso, la mano sensible que aprehende llegó a ser vista y comprendida como una cosa del mundo exterior, al lado de las cosas externas aprehendidas y percibidas por el tacto, tiene que haber establecido una nueva relación cuyas consecuencias se hicieron determinantes de toda una nueva era. Es imposible que un ser desarrolle el pensamiento conceptual, el lenguaje hablado y la conciencia moral responsable si todavía no ha tomado conciencia de la existencia de su propio ser interior. Un ser que deja de reflexionar corre el riesgo de perder todas estas cualidades y todos estos caracteres específicamente humanos.

Una de las más malignas consecuencias de la ansiedad frenética, o bien y quizás del miedo directamente producido por esa ansiedad, es la evidente incapacidad de los hombres modernos de quedarse solos incluso por cortos períodos de tiempo. Evitan cualquier posibilidad de introspección y de meditación con temerosa diligencia, como si tuviesen miedo de que la reflexión los enfrente con un horrible retrato de si mismos, de un modo similar a lo que describe Oscar Wilde en su clásica novela de terror “The Picture of Dorian Gray” [8] . La cada vez más extendida adicción al ruido – que hasta resulta directamente paradójica en vista de la neurastenia generalizada – no se explica más que por el hecho de que algo debe estar teniendo que ser anestesiado. En ocasión de un paseo por el bosque, mi esposa y yo de pronto escuchamos una radio portátil cuyo barullo se aproximaba rápidamente y que un joven de unos 16 años llevaba en el portaequipaje de su bicicleta. Mi esposa observó: “¡Éste tiene miedo de escuchar el canto de los pájaros!” Yo creo más bien que solamente tenía miedo de verse por un solo instante en el peligro de encontrarse consigo mismo. Personas que por lo demás son bastante intelectualmente exigentes, ¿por qué prefieren las directamente estúpidas transmisiones comerciales de la televisión antes de quedarse a solas consigo mismas? Con toda seguridad sólo porque esto les ayuda a reprimir la reflexión.

Los seres humanos sufren, pues, bajo las presiones nerviosas y espirituales que les impone la competencia con sus semejantes. Aunque desde la más tierna infancia resultan adiestrados para ver progresos en todas las demenciales manifestaciones de esta competencia, es justamente en los ojos de los más progresistas que más nítidamente se puede ver el miedo que los impulsa, y son los más capaces y los más adaptados a “los tiempos que corren” quienes mueren de infarto particularmente pronto.

Aun haciendo la suposición injustificadamente optimista de considerar que la superpoblación de la tierra no seguirá aumentando en la inquietante proporción actual, la competencia económica de la humanidad consigo misma forzosamente resultaría ya de por sí suficiente para arruinarla por completo. Todo proceso circular con una retroalimentación positiva conduce, tarde o temprano, a una catástrofe y el fenómeno aquí tratado contiene varias de ellas. Aparte de la selección intra-específica comercial hacia un ritmo de trabajo cada vez más acelerado hay todavía un segundo proceso circular en acción sobre el cual Vance Packard llamó la atención en varios de sus libros y que tiene por consecuencia un progresivo aumento de las necesidades del ser humano. Por motivos obvios, todo productor buscará aumentar la necesidad del consumidor por los productos que fabrica. Muchos institutos “científicos” de investigación se ocupan exclusivamente de dilucidar la cuestión de qué medios serían los más adecuados para el logro de este aborrecible objetivo. La gran masa de los consumidores, sobre todo por los fenómenos tratados en los Capítulos I y VII, es lo suficientemente estúpida como para permitir este direccionamiento elaborado con los métodos de las encuestas de opinión y de investigación de mercado. Nadie se rebela en contra de tener que pagar, con cada tubo de pasta dentífrica o con cada hoja de afeitar, un empaque publicitario que muchas veces cuesta tanto o más que la mercadería propiamente dicha.

Los fenómenos suntuarios que surgen gracias al círculo endemoniado de una retroalimentación entre la producción y el fomento de las necesidades de consumo se convertirán en nefastas para los países occidentales, sobre todo para los EE.UU., por el hecho de que sus poblaciones ya no serán competitivas frente a las menos malcriadas y más sanas de los países orientales. De parte de los capitalistas dueños del poder resulta pues, sumamente miope mantener el procedimiento actual consistente en premiar y “condicionar” al consumidor con un aumento del “estándar de vida” para que prosiga en una competencia que le aumenta la presión sanguínea y le destruye los nervios.

Aparte de ello, estos fenómenos suntuarios conducen a un círculo de fenómenos perniciosos de una clase especial. Los mismos serán tratados en el próximo capítulo.

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