Los Ocho Pecados Capitales (Konrad Lorenz) V

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Los Ocho Pecados Capitales (Konrad Lorenz) V

Mensaje  Admin el Lun Dic 06, 2010 8:04 pm

El congelamiento de las sensaciones

En todos los seres vivos capaces de desarrollar reflejos condicionados del clásico tipo pavloviando, este proceso puede ser producido por dos clases opuestas de estímulos. En primer lugar por estímulos adiestrativos (reinforcement) que fortalecen el comportamiento previo y, en segundo lugar, mediante estímulos inhibitorios (deconditioning, extinguishing) que debilitan y hasta bloquean ese comportamiento. En el ser humano la acción de la primer clase de estímulo está relacionada con sensaciones de placer; la segunda con sensaciones de desplacer, y seguramente no será una antropologización demasiado grosera decir que también en los animales superiores estas acciones pueden ser sucintamente designadas como premios y castigos.

La pregunta que surge es la de por qué razón el programa filogenéticamente desarrollado que causa este tipo de aprendizaje trabaja con dos clases de efectos estimulantes y no con uno solo lo cual sería mucho más simple. Se han dado ya varias respuestas a esta pregunta. La más obvia es que la efectividad del aprendizaje se duplica cuando el organismo puede sacar consecuencias coherentes no sólo del éxito, o sólo del fracaso, sino de ambos. Una segunda respuesta hipotética es la siguiente: cuando se trata de mantener alejado al organismo de ciertas influencias dañinas del medio y conservarlo en condiciones óptimas de calor, luz, humedad, etc. el efecto de las señales de castigo resulta harto suficiente y, de hecho, podemos comprobar que las apetencias por un estado óptimo y libre de estímulos se producen mayormente de esta manera – siendo que, justamente por eso, Wallace Craig denomina dichas apetencias como “aversiones”. Pero si, por el contrario, se trata de adiestrar al animal para un comportamiento muy específico, y sea éste tan sólo el dirigirse a un lugar preciso y bien determinado, se verá que es muy difícil lograrlo tan sólo mediante estímulos de respuesta negativa. Será más fácil atraerlo al lugar deseado por medio de estímulos gratificantes. Wallace Craig también ha indicado que la evolución adoptó este camino siempre que se trató de adiestrar al animal para situaciones estimulantes muy específicas tales como, por ejemplo, el apareamiento o la alimentación.

Estas explicaciones para el doble principio del premio y el castigo son seguramente acertadas en la medida de sus alcances. Una función adicional del principio del placer-desplacer, y con toda seguridad la más importante, se descubre recién cuando una interferencia patológica hace visibles las consecuencias de su pérdida. De hecho, tanto en la historia de la medicina como en la de la fisiología ha ocurrido con suma frecuencia que un mecanismo fisiológico bien determinado reveló su existencia recién como consecuencia de su patología.

Todo adiestramiento para un modo de conducta mediante premios que la refuerzan predispone al organismo a aceptar un desplacer presente en función de un placer futuro o bien – para expresarlo objetivamente – a soportar sin reacción alguna situaciones con estímulos de una clase que, de no existir el previo proceso de aprendizaje, hubieran provocado el rechazo y actuado en contra del adiestramiento. Para conquistar un botín preciado, un pero o un lobo hacen muchas cosas que, de otro modo, harían sólo a regañadientes: corren a través de espinillos, saltan al agua helada y se exponen a peligros a los cuales demostradamente les temen. El resultado favorable a la conservación de la especie de todos estos mecanismos reside, así, claramente en que constituyen un contrapeso contra el efecto del adiestramiento, impidiendo que el organismo, en su afán de llegar al estímulo del premio, haga sacrificios y se exponga a peligros que no están en relación alguna con la ganancia esperada. El organismo no se puede dar el lujo de pagar un precio que “no reditúa”. Un lobo no puede ignorar las condiciones climáticas y salir de caza durante la más fría de las noches de tormenta del invierno polar arriesgando a tener que pagar su cena con una pata congelada. En todo caso, pueden darse circunstancias bajo las cuales será aconsejable correr un riego semejante, como, por ejemplo, cuando la fiera está a punto de morirse de hambre y tiene que apostarlo todo a una última carta para sobrevivir.

Que los principios contrapuestos del premio y el castigo existen efectivamente para comparar el precio a pagar contra la ganancia a obtener, es algo que se desprende palmariamente del hecho que la intensidad de ambos principios oscila dependiendo de la situación económica del organismo. Cuando, pongamos por caso, abunda el alimento, su efecto tentador disminuye tanto que un animal apenas si estará dispuesto a dar un par de pasos para conseguirlo; la más leve situación de desplacer será suficiente para bloquear su afán por comer. Y, viceversa, la capacidad de adaptación del mecanismo del placer-desplacer le otorga al organismo, dado el caso, la posibilidad de pagar un precio exorbitante por el logro de un objetivo vitalmente necesario.

El aparato, que en todos los seres vivientes superiores consigue establecer esta vital adaptación del comportamiento a las fluctuantes “condiciones del mercado”, posee ciertas propiedades fisiológicas fundamentales, comunes a casi todas las estructuras orgánicas neuro-sensoriales del mismo nivel de complejidad. En primer lugar, este aparato está subordinado al proceso del acostumbramiento o adaptación sensorial. Esto significa que todo estímulo que actúa muchas veces en forma sucesiva pierde progresivamente su eficacia sin que por ello – y esto es importante – cambie el valor del umbral de la reacción para otras situaciones estimulantes, incluso para las muy similares. En segundo lugar sin embargo, el mecanismo que estamos tratando posee la también ampliamente difundida propiedad de la inercia en la reacción. Si, por ejemplo, resulta desequilibrado hacia el desplacer por la presencia de estímulos fuertemente desagradables y si, de pronto, estos estímulos cesan en forma abrupta, el sistema no retorna al estado de indiferencia en una curva atenuada sino que se dispara más allá del estado de equilibrio y percibe la simple extinción del desplacer como un notable placer. La antiquísima broma campesina austríaca realmente da en la tecla: “Hoy le voy a dar una gran alegría a mi perro: primero voy a empezar dándole una tremenda paliza y después, de repente, voy a dejar de pegarle”.

Estas dos propiedades fisiológicas de la organización del placer y el desplacer son importantes en relación con esta exposición porque – conjuntamente con ciertas otras propiedades inherentes al sistema – bajo las condiciones de vida del ser humano en la civilización moderna pueden llevar a peligrosas obstrucciones de la economía del placer y el desplacer. Sin embargo, antes de hablar sobre estas obstrucciones, tengo que agregar aún algo sobre las propiedades mencionadas. Estas propiedades provienen de las condiciones ecológicas que existieron cuando, a lo largo de la filogenia humana, se desarrolló el mecanismo que venimos viendo – junto con muchas otras programaciones innatas del comportamiento humano. En aquellas épocas la vida del ser humano era dura y peligrosa. Como cazador y carnívoro dependía siempre de las contingencias de su presa, casi siempre hambriento, nunca seguro de su comida. Como ser de los trópicos que paulatinamente fue avanzando hacia latitudes templadas, tiene que haber sufrido mucho los efectos del clima y, puesto que con sus armas primitivas de ninguna manera resultaba superior a las fieras de esa época, tiene que haber vivido en un estado de perpetua alarma y gran miedo.

Bajo estas condiciones, varias cosas que hoy consideraríamos “pecaminosas” o por lo menos despreciables resultaban completamente correctas y aún vitalmente necesarias en la estrategia por la supervivencia. La voracidad y la tragonería constituían una virtud ya que, si un animal grande había caído en la trampa, lo más inteligente que un ser humano podía hacer era comer todo cuanto le resultara posible. Del pecado mortal de la pereza se podría decir algo análogo. Los esfuerzos que resultaban necesarios para asegurarse una presa eran tan tremendos que resultaba muy aconsejable no gastar más energía que la estrictamente indispensable. Los peligros que amenazaban al ser humano a cada paso eran tan amenazadores que el asumir cualquier riesgo innecesario constituía una estupidez irresponsable y sólo una cautela rayana en la cobardía podía ser la norma correcta en todo proceder. Resumiendo: por la época en que se programó la mayor parte de los instintos que todavía hoy portamos, nuestros antepasados no tenían que andar a la búsqueda de las durezas de la vida de un modo “viril” ni “guerrero” ya que éstas se les imponían por si mismas y con una intensidad apenas soportable. El principio de evitar en lo posible todos los peligros eludibles y todas las pérdidas innecesarias de energía, impuesto al ser humano por su mecanismo de placer-desplacer filogenéticamente desarrollado, resultaba absolutamente correcto en aquellas épocas.

Las consecuencias desastrosas que el mismo mecanismo produce bajo las condiciones de vida de la civilización actual se explican por su constitución filogenética y por las dos propiedades fisiológicas fundamentales del acostumbramiento y de la inercia. Ya en la más remota antigüedad los sabios de la humanidad descubrieron muy acertadamente que no es para nada bueno que el ser humano tenga demasiado éxito en su impulso instintivo a obtener placer y a eludir el desplacer. Ya en épocas remotas las personas de las culturas más altamente desarrolladas supieron cómo evitar todas las situaciones desagradables, algo que puede conducir a un reblandecimiento peligroso el cual, probablemente, hasta puede provocar el ocaso de la cultura. Desde muy antiguo los seres humanos descubrieron que se puede aumentar el efecto de las situaciones placenteras mediante una especialmente astuta composición de los estímulos y que mediante una continua variación se puede evitar la disminución del placer por acostumbramiento, y este descubrimiento, que toda cultura superior ha hecho, conduce al vicio el cual, por su parte, difícilmente contribuya en menor medida a la destrucción de una cultura que el reblandecimiento. Mientras existieron personas sabias para pensar o escribir se ha predicado contra ambos fenómenos y, específicamente, con más énfasis contra el vicio.

El desarrollo de la tecnología moderna y por sobre todo la farmacología promueve en una medida hasta ahora nunca vista la tendencia humana generalizada a evitar el desplacer. El “confort” moderno se nos ha vuelto algo tan sobreentendido que ya apenas si tenemos conciencia de en qué medida dependemos de él. La sirvienta más modesta protestaría indignada si se le ofreciera una habitación con la calefacción, la iluminación, el dormitorio y las instalaciones sanitarias que un consejero privado como Goethe o aún la princesa Anna Amalie de Weimar habrían hallado perfectamente satisfactorias. Cuando hace algunos años en la ciudad de Nueva York faltó la electricidad por algunas horas a consecuencia de una catastrofal falla técnica, muchos pensaron muy seriamente en que había llegado el fin del mundo. Incluso aquellos que están firmemente convencidos de las ventajas de los buenos viejos tiempos y del valor pedagógico de una vida espartana revisarían sus puntos de vista si tuvieran que someterse al tratamiento quirúrgico normal y corriente de hace 2.000 años atrás.

Por medio del progresivo dominio de su medio ambiente el hombre moderno ha desplazado forzosamente las “condiciones de mercado” de su economía del placer y el desplacer hacia una cada vez mayor sensibilidad frente a situaciones desagradables y hacia una similar insensibilidad frente a las agradables. Por toda una serie de razones esto tiene consecuencias letales.

La creciente intolerancia frente al desplacer – unida a una menor sensibilidad frente al placer – conduce a que las personas pierdan la capacidad de invertir un trabajo duro en proyectos que prometen el placer sólo a mediano o largo plazo. De esto resulta una exigencia impaciente por la satisfacción inmediata de todos los deseos emergentes. La necesidad de una gratificación instantánea (instant gratification) la promueven desgraciadamente de todas las formas posibles los productores y las empresas comerciales mientras que los consumidores curiosamente ni se dan cuenta de la gran medida en que caen en la esclavitud a través de las “facilidades” que ofrecen las compras en cuotas.

Por razones fácilmente entendibles la compulsiva necesidad de gratificación inmediata produce consecuencias especialmente feas en el terreno de la conducta sexual. Con la pérdida de la capacidad de perseguir objetivos lejanos, desaparecen todos los modos de comportamiento finamente diferenciados relacionados con el cortejo y la formación de la pareja, tanto los más bien instintivos como los culturalmente programados, es decir: se pierden no sólo aquellas conductas que surgieron a lo largo de la filogenia con el fin de mantener unida a la pareja sino también las normas de comportamiento específicamente humanas que cumplen funciones análogas en el marco de una convivencia culta. Resultaría engañoso calificar de “animal” a la conducta resultante – vale decir: a ese apareamiento súbito, que en tantas películas actuales se ensalza y se propone como norma – ya que entre los animales superiores algo similar ocurre sólo por excepción. Un poco más correcto sería llamarlo “ganaderil” si bajo “ganado” uno entiende a los animales criados por el hombre a los cuales, en interés de una cría más fácil, el ser humano le ha “des-criado” todas las más altamente diferenciadas formas de conducta relacionadas con la formación de la pareja.

El mecanismo de la economía del placer-desplacer, tal como ya hemos mencionado, posee las propiedades de la inercia y, con ella, las de la construcción de contrastes. Debido a ello el exagerado afán de evitar a cualquier precio el más mínimo desplacer tiene como inevitable consecuencia el que se vuelvan imposibles ciertas formas de obtener placer que justamente se basan en los efectos del contraste. La antigua sabiduría que Goethe expresara en “Saure Wochen, frohe Feste” [9] amenaza con quedar en el olvido. Sobre todo es la alegría la que se hace inalcanzable mediante la frenética elusión del desplacer. Helmut Schulze ha llamado la atención sobre el curioso hecho que tanto la palabra como el concepto de “alegría” no aparecen en la obra de Freud. Conoce el goce, pero no la alegría. Cuando, como dice Schulze, uno llega a la cima de una montaña difícil de escalar, sudoroso y cansado, con dedos entumecidos y músculos doloridos, teniendo por delante todavía los peligros y los esfuerzos aún mayores del descenso, esto muy probablemente no será un goce pero es una de las alegrías más grandes que uno se pueda imaginar. El placer, en todo caso, todavía se puede obtener sin pagar el precio en desplacer bajo la forma de un duro trabajo; pero no así la alegría de la hermosa chispa divina. [10] La actualmente siempre creciente intolerancia frente al desplacer convierte las alturas y las profundidades naturalmente establecidas de la vida humana en una planicie artificialmente nivelada; a las grandiosas oscilaciones entre las altas cumbres y los profundos valles las convierte en una apenas perceptible vibración; de la luz y la sobra hace un gris uniforme. En pocas palabras: genera un aburrimiento mortal.

Este “congelamiento emocional” parece amenazar de un modo muy especial a aquellas alegrías y tristezas que se producen por nuestras relaciones sociales; por nuestros vínculos con cónyuges y niños, con progenitores, parientes y amigos. La suposición expresada por Oskar Heinroth en 1910 en cuanto a que “en nuestro comportamiento frente a la familia y a los extraños, en la conquista de amantes y amigos, hay muchos más procesos puramente innatos y ancestrales que los que comúnmente creemos”, ha demostrado ser completamente correcta a la luz de los resultados de la moderna etología humana. La programación hereditaria de estas formas de conducta altamente complejas tiene como consecuencia que, todas y cada una de ellas, no solamente producen alegrías sino también mucho sufrimiento. “Un error muy extendido, que a más de un joven ha confundido, es creer en que el amor y el ser amado, es algo que siempre traerá sólo agrado” dice Wilhelm Bush. El querer esquivar el sufrimiento implica la intención de apartarse de una parte esencial de la vida humana. Esta tendencia claramente marcada se suma de manera peligrosa a las ya antes mencionadas consecuencias de la sobrepoblación (el no involucrarse). En ciertos grupos culturales, el afán de evitar a toda costa cualquier pena tiene efectos distorsivos y hasta siniestros en las actitudes frente a la muerte de algún ser querido. En gran parte de la población norteamericana esta muerte resulta reprimida en el sentido freudiano del término: el difunto de repente ha desaparecido; nadie habla ya de él. Más aún, hasta se considera una falta de tacto el hacerlo. Las personas se comportan como si nunca hubiese existido. Más terrorífico todavía es el hermoseamiento de la muerte, censurado por Evelyn Waugh, la más despiadada de las sarcásticas, en su libro “The Loved One”. Consiste en maquillar al cadáver de un modo muy llamativo y después se considera de buen gusto manifestar que uno está realmente encantado de verlo con un aspecto tan bonito.

En comparación con los efectos devastadores que la generalizada huida del desplacer provoca en la verdadera condición humana, las igualmente desenfrenadas ansias de procuramiento de placer resultan casi inofensivas. Uno estaría tentado de decir que el hombre moderno es demasiado apático y está demasiado desilusionado como para desarrollar un libertinaje realmente importante. Desde el momento en que la progresiva disminución de la capacidad de sentir placeres se produce mayormente por el acostumbramiento a situaciones placenteras cada vez más y más fuertes, no es para nada de extrañar que las personas desilusionadas siempre estén a la búsqueda de nuevas situaciones de placer. Esta “neofilia” se aplica a prácticamente todas las relaciones de las cuales la persona es capaz en relación con los objetos del medio ambiente. Para el atacado por esta enfermedad cultural, después de un cierto tiempo de tenencia, un par de zapatos, un traje, un automóvil, pierden toda su fuerza atractiva exactamente de la misma manera en que lo pierden también la amante, el amigo y hasta incluso la patria. De un modo sorprendentemente despreocupado muchos norteamericanos al mudarse de domicilio venden la totalidad de sus enseres domésticos y se compran cosas nuevas. Uno de los constantes argumentos de venta con el cual las agencias de viaje tientan a sus clientes es la oportunidad de “to make new friends” [11] . Puede parecer paradójico y hasta casi cínico a primera vista si afirmo que la lástima que uno siente cuando tira a la basura algún fiel pantalón viejo, o una pipa, tiene ciertos orígenes en común con el nexo social existente entre amigos humanos. Pero cuando pienso en los sentimientos que tuve cuando vendí nuestro antiguo automóvil, con el cual me relacionaban innumerables y hermosos recuerdos de viaje, debo constatar sin posibilidad de error que, cualitativamente, se parecían a los que uno siente cuando se despide de un amigo. Esta reacción para con un objeto inanimado es, por supuesto completamente pueril, pero frente a un animal superior – como por ejemplo un perro – resulta no sólo justificada sino directamente una prueba para constatar la riqueza o la pobreza de sentimientos de una persona. Me he distanciado emocionalmente de muchas personas que me contaban de su perro: “... y después nos mudamos a la ciudad y tuvimos que dejarlo.”

La neofilia es un fenómeno que les encanta a los grandes fabricantes y que, en virtud de la adoctrinabilidad de las masas que veremos en el Capítulo VII, puede ser explotada para lograr una ganancia mercantil en gran escala. “Built-in obsoletion”, es decir “obsolescencia incorporada” es un principio que juega un gran papel tanto en la moda de la vestimenta como en la de los automóviles.

Para terminar con este capítulo, consideremos las posibilidades de enfrentar terapéuticamente el reblandecimiento y el congelamiento de las sensaciones. Las causas del fenómeno son tan fáciles de comprender como difíciles de erradicar. Lo que falta es, evidentemente, el obstáculo natural cuya superación templa al ser humano imponiéndole la tolerancia del desplacer y brindándole, cuando se logra el objetivo, la alegría del éxito al superar la prueba. La gran dificultad reside en que, como queda dicho, este obstáculo debe estar dado por la naturaleza. La superación de dificultades deliberadamente impuestas a la vida no otorga satisfacciones. Kurt Hahn obtuvo grandes éxitos terapéuticos llevando a jóvenes desilusionados y aburridos a las playas marítimas y ocupándolos como guardavidas para rescatar a personas en peligro de ahogarse. Muchos de los jóvenes así tratados hallaron su curación en estas situaciones que tienen la posibilidad de penetrar en las capas profundas de la personalidad de un modo directo. Un camino análogo transitó Helmut Schulze llevando a sus pacientes a situaciones intensamente peligrosas – a “situaciones límite” como él las llamaba – en las cuales, para decirlo en términos vulgares, la verdadera seriedad de la vida golpeaba a los reblandecidos con tal dureza que se les pasaba la locura. Pero por más exitosos que sean los métodos independientemente desarrollados por Hahn y por Schulze, no constituyen una solución general del problema desde el momento en que uno no puede organizar náufragos en cantidades suficientes como para brindarle a todos los que lo necesitan la vivencia sanadora de la superación de la prueba del rescate; ni tampoco se los puede sentar a todos en un planeador y asustarlos de tal manera que tomen conciencia de lo hermosa que es la vida después de todo. Un modelo de la curación definitiva es, en forma curiosa, el caso para nada tan raro en el cual el aburrimiento de la frigidez emocional conduce a un intento de suicidio que deja como secuela una lesión permanente más o menos grave. Un maestro que enseñaba a no videntes en Viena me contó hace muchos años atrás que los jóvenes que habían perdido la vista a causa de un disparo en la sien jamás hacían un segundo intento de suicidio. No solamente continuaban viviendo sino que, sorprendentemente, maduraban para convertirse en seres equilibrados y hasta felices. Un caso similar ocurrió con una dama que, siendo una joven adolescente, intentó suicidarse tirándose por la ventana. Se quebró la columna vertebral y luego, a pesar de su lesión, supo llevar una vida feliz y humanamente digna. No cabe duda alguna que fue la superación de un obstáculo muy difícil lo que le hizo que estos jóvenes desesperados por el aburrimiento sintiesen que la vida valía nuevamente la pena de ser vivida.

No carecemos de obstáculos que deberemos vencer si es que la humanidad no ha de sucumbir y el superarlos es de verdad lo suficientemente difícil como para brindar satisfactorias situaciones de éxito para cada individuo. Debería ser un objetivo perfectamente alcanzable de la educación el dar a conocer la existencia de estos obstáculos.

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