Los Ocho Pecados Capitales (Konrad Lorenz) VI

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Los Ocho Pecados Capitales (Konrad Lorenz) VI

Mensaje  Admin el Lun Dic 06, 2010 8:09 pm

El deterioro genético

Tal como Norbert Bischoff ha demostrado recientemente, la aparición y, más aún, la permanencia de aquellos modos del comportamiento social que, si bien son útiles a la comunidad resultan nocivas para el individuo, constituyen un difícil problema para cualquier intento de explicación mediante los principios de mutación y selección. Aún cuando hay procesos de selección grupal no demasiado fáciles de comprender – sobre los que no quisiera entrar en detalle aquí – que pueden explicar el surgimiento de modos “altruistas” de comportamiento, el sistema social que de esta manera surge sigue siendo necesariamente inestable a pesar de todo. Cuando ha surgido una reacción defensiva en virtud de la cual cada individuo se involucra con enorme coraje en la defensa de un semejante atacado por una fiera, como sucede por ejemplo en el grajo, Coloeus monedula L, , es fácil de ver que, y por qué, tiene mejores chances de supervivencia un grupo cuyos integrantes poseen este modo de comportamiento que otro grupo que carece de él. Pero ¿qué es lo que impide que dentro del grupo aparezcan individuos a los cuales les falte esta reacción de defensa de un camarada? Siempre cabe esperar mutaciones de desviación y, de hecho, tarde o temprano estas mutaciones siempre aparecen. Y, si están relacionadas con el comportamiento altruista que venimos viendo, tienen que representar una ventaja selectiva para el individuo afectado en tanto que aceptemos que la defensa de un semejante es una empresa peligrosa. Por lo tanto, tarde o temprano los “elementos asociales”, que parasitan de los modos de comportamiento de los miembros todavía normales de la comunidad, tendrían que terminar abundando en la sociedad. Por supuesto que esto es válido tan sólo para aquellos animales gregarios entre los cuales las funciones de la reproducción y del trabajo social no se hallan distribuidos entre individuos diferentes, como sucede entre los insectos que viven en “Estados”. Entre ellos no existen los problemas que acabamos de delinear y quizás sea justamente ésta la razón por la cual el “altruismo” de los obreros y los soldados de estos animales haya podido adoptar formas tan extremas.

Entre los vertebrados sociales no sabemos qué es lo que impide el socavamiento de la sociedad por parte de los parásitos sociales. También es difícil de imaginar que, por ejemplo un grajo, sienta rechazo por la “cobardía” de un compañero que no participa en la reacción defensiva de ayudar a un camarada. El “sentir rechazo” es algo que conocemos solamente en los sistemas que viven en los niveles relativamente más bajos y más altos de integración, es decir: en el “Estado” celular y en la sociedad humana. Los inmunólogos han descubierto el importantísimo hecho de que existe una estrecha conexión entre la capacidad de generar anticuerpos y el peligro de que aparezcan tumores malignos. Más aún, incluso se podría sostener la tesis de que, entre los organismos longevos – cuyo crecimiento se extiende durante largo tiempo – la formación de sustancias defensivas específicas es algo que, en absoluto, fue “inventado” por la presión selectiva causada por el peligro de que en las múltiples divisiones celulares apareciesen, por la llamada mutación de la descendencia, formas celulares “asociales” peligrosas. En los invertebrados no existe ninguna de las dos cosas: ni tumores malignos ni formación de anticuerpos. Ambos fenómenos aparecen en la secuencia de los seres vivos de un modo completamente súbito en los vertebrados más inferiores, en los ciclóstomos a los cuales pertenece, por ejemplo, la lamprea. Todos nosotros probablemente moriríamos en nuestros años mozos de tumores malignos si nuestro cuerpo, bajo la forma de sus reacciones inmunológicas, no hubiera desarrollado una especie de “policía celular” que impide a tiempo la actividad de los usureros asociales.

Entre nosotros, los seres humanos, el miembro normal de la sociedad posee formas de reacción altamente específicas con las cuales exige cierto comportamiento social. Nos “indignamos” – y hasta el más dócil reacciona pasando al ataque de hecho – cuando somos testigos de cómo se maltrata a un niño o se viola a una mujer. Un estudio comparativo de la estructura jurídica de diferentes culturas muestra en esto una concordancia que incluye hasta los detalles y que no puede ser explicada por interrelaciones cultural-históricas. Goethe ha dicho: “Por desgracia, del derecho que nace con nosotros nunca se habla”. Sin embargo, desde la antigüedad la creencia en la existencia de un derecho natural, independiente de la legislación vinculada a la cultura, está manifiestamente relacionado con la concepción de que este derecho es de procedencia extranatural y directamente divina.

Por una notable coincidencia, el día en que comencé a escribir este capítulo recibí una carta del experto en derecho comparado Peter H. Sand del cual procedo a citar:

»Las recientes investigaciones de los expertos en Derecho Comparado se ocupan cada vez más de las similitudes estructurales entre las distintas estructuras jurídicas del mundo (como, por ejemplo, el proyecto recientemente publicado por un equipo de la Universidad de Cornell, “Common Core of Legal Systems”) [12] . Para las concordancias, de hecho relativamente numerosas, hasta ahora se han ofrecido tres explicaciones principales: una explicación metafísico-naturalista (correspondiente a los vitalistas de las Ciencias Naturales); una histórica (intercambio de ideas por difusión y contacto entre los distintos sistemas legales, es decir: por imitación de comportamientos adquiridos); y una explicación ecológica (adaptación a condiciones del medio, o bien a la infraestructura, es decir: modos de comportamiento aprendidos por experiencias comunes). A esto se ha agregado muy recientemente una explicación psicológica del sentido colectivo de justicia (¡concepto instintivo!) proveniente de experiencias infantiles típicas, con referencia directa a Freud (así, por sobre todo, el Profesor Albert Ehrenzweig de Berkeley con su “jurisprudencia psicoanalítica”). Lo esencial de estas nuevas orientaciones es la comprensión que aquí, el fenómeno social “Justicia”, parte de estructuras individuales y no a la inversa como en la teoría jurídica tradicional. Por el otro lado, lo lamentable, en mi opinión, es el énfasis que se pone en el Derecho sobre los modos de comportamiento aprendidos y la desestimación que se hace de los posibles modos de comportamiento innatos. Después de la lectura de la totalidad de sus tratados (¡en parte, duro pan para un jurista!) estoy firmemente convencido de que en este misterioso “sentido de justicia” (el término mismo, por otra parte, es rastreable hacia muy atrás en la teoría jurídica más antigua, aunque sin explicación) se trata, en gran medida, de modos de comportamiento típicamente innatos«.

Comparto en un todo esta visión, aunque también soy plenamente conciente de las grandes dificultades que se plantean para demostrarla de un modo concluyente, dificultades que el Profesor Sand mismo sugiere en su carta. Pero sea lo que fuere que nos revele una futura investigación sobre las fuentes filogenéticas y cultural-históricas del sentido humano de justicia, podemos considerar como científicamente demostrado que la especie Homo Sapiens dispone de un altamente diferenciado sistema de modos de comportamiento que se halla al servicio de la erradicación de parásitos que ponen en peligro a la comunidad, de una forma completamente análoga a la manera en que con el sistema de formación de anticuerpos lo hace la sociedad celular.

Incluso la criminología moderna se pregunta qué partes del comportamiento criminal se explican por la carencia genética de modos innatos de comportamiento social o de limitaciones y cuales por interferencias en la transmisión cultural de normas sociales. Sólo que aquí, la dilucidación de esta pregunta, aunque igual de difícil, resulta de una importancia práctica mucho mayor que en la doctrina jurídica. El Derecho es el Derecho y es igualmente digno de ser acatado, tanto si su estructura está determinada por evolución filogenética como si lo está por desarrollo cultural. Pero al juzgar a un criminal, la cuestión de si su defecto es genético o educacionalmente condicionado resulta primordial para evaluar las chances de volver a hacer de él un miembro aceptable de la sociedad. Si bien con esto no se quiere decir que las aberraciones genéticas no puedan ser corregidas mediante un entrenamiento direccionado, así como según Kretschmer muchos leptosomos, a través de una gimnasia practicada con auténtica perseverancia esquizofrénica, pueden obtener de modo secundario una musculatura casi atlética. Si todo estuviese filogenéticamente programado y fuese ipso facto no influenciable a través del aprendizaje y la educación, el ser humano sería el juguete irresponsable de sus impulsos instintivos. Toda convivencia cultural presupone que el ser humano aprende a dominar sus impulsos; todas las prédicas del ascetismo tienen precisamente esta verdad como contenido. Pero el dominio que ejercen la razón y la responsabilidad apenas si alcanza en los individuos sanos a posibilitar su inserción en la sociedad culta. La persona psíquicamente sana y el psicópata – para emplear mi vieja comparación – no se diferencian entre si más que dos seres humanos con una falla cardíaca, compensada en un caso y descompensada en el otro. Tal como tan acertadamente dijera Arnold Gehlen, el ser humano es por naturaleza – es decir: por su filogénesis – un ser cultural. En otras palabras: sus impulsos instintivos y su responsable autocontrol culturalmente condicionado constituyen un sistema en el cual las funciones de los dos subsistemas se encuentran exactamente ajustadas entre si. Un pequeño exceso o una pequeña carencia, ya sea de un lado o en otro, conduce a perturbaciones con una facilidad mayor de lo que piensa la mayoría de las personas inclinadas a creer en la omnipotencia de la razón y el aprendizaje. La cantidad de compensación que el ser humano puede ejercer por el entrenamiento del dominio de sus impulsos parece ser, lamentablemente, muy escasa.

Sobre todo la criminología sabe demasiado bien cuan pocas son las expectativas de convertir en seres humanos sociables a los llamados débiles mentales. Esto vale tanto para los débiles mentales de nacimiento como para aquellos que han tenido la desgracia de adquirir casi la misma perturbación por falta de educación, especialmente por internación (René Spitz). La falta de contacto social personal con la madre durante la más temprana infancia produce – siempre que no cause cosas aún peores – una incapacidad para establecer relaciones sociales cuya sintomatología es sumamente similar a la de una debilidad mental innata. De modo que de ningún modo todos los defectos innatos son incurables pero, en todo caso, menos aún son curables todos los adquiridos. El antiguo principio médico en cuanto a que “prevenir es mejor que curar” también es de aplicación a las perturbaciones psíquicas.

La fe en la omnipotencia de la reacción condicionada tiene una parte sustancial de la culpa por ciertas singulares fallas de las sentencias judiciales. F. Hacker, en sus disertaciones en la Clínica Menninger de Topeka, Kansas, mencionaba el caso de un joven homicida que, luego de un período de reclusión en un instituto de tratamientos psicoterapéuticos, fue considerado “curado” y liberado, tan sólo para cometer un nuevo homicidio muy poco tiempo después. Este proceso se repitió no menos de cuatro veces. Recién cuando el criminal hubo dado muerte a su cuarta víctima llegó la humana, democrática y behaviorística sociedad a la conclusión de que esa persona constituía un peligro para la comunidad.

Estos cuatro muertos son, con todo, un daño menor en comparación con el que causa la distorsión que la opinión pública tiene respecto del crimen como tal. La creencia convertida en religión de que todos los seres humanos nacerían iguales y que todas las trasgresiones morales y éticas del criminal podrían atribuirse a los errores que sus educadores habrían cometido con él, conduce al aniquilamiento de todo sentido natural de justicia; sobre todo en el delincuente mismo que, lleno de autocompasión, se considera víctima de la sociedad. En un diario austríaco se pudo leer hace poco el titular: “Joven de 17 años convertido en asesino por miedo a sus padres”. El mocosuelo sencillamente había violado a su hermana de diez años y la había estrangulado cuando ella amenazó con contárselo a sus padres. Los padres pudieron haber sido, por lo menos parcialmente, corresponsables de los hechos por toda una compleja secuencia de motivos; pero con total seguridad no por haberle inspirado un exceso de miedo al muchacho.

Estos extremismos claramente patológicos en la formación de la opinión pública pueden ser comprendidos recién cuando uno sabe que dicha opinión es la función de uno de aquellos sistemas que, como señalábamos antes, tienen la tendencia a sufrir oscilaciones. La opinión pública es lenta, reacciona a nuevos estímulos recién después de un largo “tiempo muerto”. Aparte de ello, adora las simplificaciones burdas que, en la mayoría de los casos, constituyen exageraciones de un hecho concreto. Es por eso que una oposición que critica a una opinión pública, prácticamente casi siempre tiene razón al hacerlo. Pero en la pulseada de las opiniones, una opinión pública se vuelca hacia posiciones extremas que nunca hubiera tomado si no hubiese tratado de compensar la opinión contraria. Con todo, en el momento en que colapsa la opinión pública imperante hasta ese momento, algo que suele suceder de un modo completamente repentino, el péndulo oscila hacia la posición igualmente extrema de lo que hasta ese momento fue la oposición.

La actual forma distorsionada de una democracia liberal se encuentra en el extremo máximo de una oscilación. En el extremo opuesto, del cual el péndulo viene desde no hace mucho tiempo, figuran Eichmann y Auschwitz, figuran eutanasia, chauvinismo racial y justicia por linchamiento. Tenemos que tener en claro que hacia ambos lados del punto en el que cual el péndulo se pararía si estuviese en reposo hay valores auténticos: hacia la “izquierda”, el valor del libre desarrollo individual; hacia la “derecha”, el valor de una salud social y cultural. Hacia ambas direcciones son recién los excesos los que se vuelven inhumanos. La oscilación continúa y ya se divisa en los Estados Unidos el peligro de que, como reacción a la completamente justificada pero sencillamente desmesurada rebelión de la juventud y de los negros, el exceso le ofrezca a los reaccionarios de derecha un bienvenido pretexto para predicar el contragolpe con la misma vieja, incorregible, desmesura. Sin embargo, lo peor de todo es que estas oscilaciones ideológicas no sólo carecen de contención sino que presentan una peligrosa tendencia a autoalimentarse para convertirse en una catástrofe por falta de regulación. Es misión del científico tratar de hallar la manera de moderar esta oscilación diabólica.

Constituye una de las muchas paradojas en las que se ha metido la humanidad que, también en esto, los requerimientos en cuanto al trato humanitario del individuo se encuentren en contradicción con los intereses de la humanidad. La inferioridad del asocial marginal puede estar causada tanto por lesiones irreversibles sufridas en la más tierna infancia (¡internación!) como por carencias hereditarias, pero nuestra compasión con él impide que el no-marginal reciba la protección que necesita. Uno ni siquiera puede utilizar las palabras “anormal” y “normal” en relación con seres humanos sin ser inmediatamente sospechado de estar promoviendo la cámara de gas.

Es indudable que el “misterioso sentido de justicia” del cual habla P. H. Sand es un sistema de reacciones ancladas en lo genético que nos impulsa a actuar en contra del comportamiento asocial de nuestros compañeros de especie. Establecen la melodía básica, inalterada en términos de tiempos históricos, alrededor de la cual se compusieron, de un modo independiente, los sistemas jurídicos y morales de las distintas culturas. Sin duda alguna, la probabilidad de crasos errores por parte este sentido de justicia irreflexivo es tan grande como por parte cualquier otra forma de reacción instintiva. El miembro de una cultura extraña que se “malcomporta” (como sucedió, por ejemplo, con los miembros de la primera expedición alemana a Nueva Guinea que talaron una palmera sagrada) resultará ajusticiado con la misma convicción autocrática de justicia que la empleada para con un miembro de la sociedad al cual se lo considere culpable de haber transgredido – aunque sea de modo involuntario – los tabúes de esa cultura. El enardecimiento multitudinario, que tan fácilmente cae en la justicia por linchamiento, es uno de los modos de comportamiento más inhumanos a los que puedan ser incitados los seres humanos modernos normales. Es el que causa todas las crueldades cometidas tanto contra los “bárbaros” exteriores como contra las minorías internas de la propia sociedad; fortalece la tendencia a la formación de pseudo-especies en el sentido que Erikson le da al término y se halla en la base de muchos otros fenómenos de proyección muy bien conocidos por la psicología social, como por ejemplo la típica búsqueda de un “chivo expiatorio” que cargue con la culpa por los fracasos propios, y muchos otros impulsos extremadamente peligrosos e inmorales que – aún cuando no sean diferenciables intuitivamente por el lego en la materia – se encuentran comprendidos dentro del sentido de justicia global que estamos tratando.

Sin embargo y a pesar de todo, este sentido de justicia es tan imprescindible para nuestros modos sociales de comportamiento como lo es la glándula tiroides para nuestras hormonas. La tendencia actual a condenarlo de cabo a rabo y de neutralizarlo está exactamente tan equivocada como lo estuvieron los intentos de curar la Enfermedad de Basedow mediante la extirpación completa de la glándula tiroides. La eliminación del sentido natural de justicia por medio de la tendencia actual a la tolerancia absoluta tiene un efecto peligroso que se refuerza por la doctrina pseudo-democrática que afirma que todo comportamiento humano es algo aprendido. Hay mucho en nuestro comportamiento, tanto en el que mantiene como en el que daña a la sociedad, que se debe a bendiciones, o a maldiciones, provenientes de nuestra más tierna infancia dependiendo de si hemos tenido una pareja de progenitores más – o menos – comprensivos, concientes de su responsabilidad y, por sobre todo, emocionalmente sanos. Pero hay una gran cantidad, si es que no hay una cantidad aún mayor, que está genéticamente condicionada. Sabemos que la gran regulación del imperativo categórico de la responsabilidad sólo alcanza para compensar dentro de límites muy estrechos las deficiencias del comportamiento social, sean éstas educacionales o genéticas.

A uno se le han quitado todas las posibilidades de condenar al “delincuente” con la misma furia autocomplaciente con la cual lo hace cualquier ingenuo de fuertes sentimientos toda vez que se ha aprendido a pensar en términos biológicos y sabe del poder de los impulsos instintivos exactamente tanto como de la relativa impotencia de toda moral responsable y de las buenas intenciones y también si, además de todo eso, uno ha obtenido alguna visión psiquiátrica y de psicología profunda en la génesis de las perturbaciones del comportamiento social. En un caso así, uno ve en el marginal más al enfermo digno de compasión que al satánicamente malo, lo cual desde la pura teoría incluso es completamente correcto. Pero se comete un grave pecado contra la comunidad humana cuando a esta justificada posición todavía se le agrega la falsa creencia de la doctrina pseudo-democrática cuya tesis es que todo comportamiento humano se hallaría estructurado por condicionamientos y que, por lo tanto, podría ser ilimitadamente modificado y corregido también por condicionamientos.

Para tener una idea de los peligros que amenazan a la humanidad por la pérdida de instintos heredados hay que tener en claro que, bajo las condiciones de la vida civilizada moderna, no hay un solo factor que presione hacia la selección positiva de la simple bondad y la decencia, a no ser nuestro innato sentimiento por estos valores. ¡En la competencia económica de la cultura occidental existe un claro premio por la selección negativa de los mismos! No deja de ser una suerte que el éxito económico no esté necesariamente correlacionado de un modo positivo con la tasa de reproducción.

Lo imprescindible de la moral queda bien ilustrado por un viejo chiste judío. Un multimillonario va a lo del Schadchen (casamentero) y deja traslucir que quisiera casarse. El Schadchen entona inmediatamente un canto de alabanza a una extremadamente bella joven que ya ha sido Miss América tres veces seguidas, pero el rico la desestima diciendo: “¡Con mi belleza me basta!”. El Schadchen, con la flexibilidad propia de su profesión, ensalza inmediatamente a otra posible novia cuya dote se hallaría en el orden de varios miles de millones de dólares. “No necesito que sea rica, “ – contesta el adinerado – “con mi riqueza me basta”. A lo cual el Schadchen saca de la manga a una tercera potencial novia de la cual cuenta que ya a los 21 años era profesora de matemáticas y que en la actualidad se desempeña como profesora titular de Teoría de la Información en el MIT. A lo cual el millonario, despectivamente, comenta: “Tampoco necesito que sea inteligente. Con mi inteligencia me basta”. Desesperado, el Schadchen exclama: “Pero, ¡por el amor de Dios! ¿Qué es lo que tiene que ser?” – “¡Decente! ¡Eso es lo que tiene que ser!”, responde el potentado.

De nuestros animales domésticos y hasta de animales salvajes que se han reproducido en cautiverio sabemos qué tan rápido puede presentarse el decaimiento de las formas de comportamiento social cuando desaparece la selección específica. Entre algunos peces que tienen la particularidad de cuidar de su cría y que los criadores comerciales han reproducido por unas pocas generaciones, la predisposición genética a los actos de cuidar la prole se halla tan perturbada que, entre docenas de estos peces, uno apenas si encuentra algunos que todavía están en condiciones de atender correctamente a su cría. De un modo sorprendentemente análogo a lo que sucede con el deterioro de las normas de comportamiento social culturalmente condicionadas (ver más adelante) también en esto parece ser que los mecanismos más altamente diferenciados e históricamente más recientes son los que resultan especialmente sensibles a las perturbaciones. Los instintos antiguos y genéricamente difundidos, como el alimentarse y el aparearse, tienden con frecuencia a la hipertrofia, aunque en todo caso cabe considerar que el criador humano muy probablemente está selectivamente promoviendo una alimentación compulsiva y una similar propensión al apareamiento mientras que, por el contrario, busca eliminar son su selección los impulsos de agresión y de huida por considerarlos molestos.

De hecho, considerándolo genéricamente, el animal doméstico no es sino una malévola caricatura de su amo. En un trabajo anterior (1954) he señalado que nuestra valoración estética muestra claras relaciones con aquellas modificaciones corporales que aparecen regularmente en nuestros animales domésticos a lo largo del proceso de la domesticación. Pérdida de musculatura y formación de adiposidades, con el consiguiente vientre colgante, acortamiento de la base del cráneo y de las extremidades, son todas características típicas de la domesticación y resultan generalmente percibidas, tanto en el animal como en el ser humano, como feas mientras que las características opuestas hacen aparecer a su poseedor como un ejemplar “noble”. Nuestra valoración emocional de aquellas características del comportamiento que se destruyen o al menos se ponen en peligro con la domesticación es totalmente análoga. El amor a la madre, un involucramiento altruista y valeroso en defensa de la familia y la sociedad, constituyen normas de comportamiento exactamente tan instintivamente programadas como el alimentarse y el aparearse, aunque las percibamos como algo evidentemente mejor y más noble.

En aquellas exposiciones he mostrado con lujo de detalles las relaciones que existen entre el peligro que la domesticación representa para determinados caracteres y la valoración que nuestros sentimientos éticos y estéticos hacen de ellos. La correlación es demasiado evidente como para ser casual y la única explicación posible está en aceptar que nuestros juicios de valor descansan sobre mecanismos intrínsecos dispuestos para ponerle coto al deterioro que ocasionan ciertos fenómenos bien precisos que amenazan a la humanidad. Es, pues, razonable admitir que nuestras percepciones de justicia descansan igualmente sobre una predisposición filogenéticamente programada cuya función consiste en impedir la infiltración de la sociedad por parte de elementos asociales de nuestra misma especie.

Un síndrome de cambios hereditarios que ha aparecido tanto en el ser humano como en sus animales domésticos, sin duda alguna de un modo análogo y por los mismos motivos, es la extraña combinación de una temprana maduración sexual con un constante prolongamiento de la juventud. Hace mucho ya Bolk señaló que, en muchos de sus caracteres físicos, el ser humano es más similar a las formas juveniles de sus parientes zoológicos más cercanos que a las formas adultas de estos animales. En biología llamamos neotenia a esta persistencia constante en un estado juvenil. L.Bolk (1926) señala este fenómeno en el ser humano pero pone especial énfasis en la dilación de la ontogénesis humana y habla por lo general de retardación. Algo similar a lo que sucede con la ontogénesis del cuerpo humano pasa también con la ontogénesis de su comportamiento. Tal como ya intenté mostrar antes (1943), la alegre curiosidad investigativa del ser humano que se extiende hasta una edad avanzada, su apertura al mundo como la llama Arnold Gehlen (1940), constituye un carácter juvenil persistente.

La infantilidad es uno de los caracteres más importantes y, en el más noble sentido del término, más humanos del hombre. “El hombre sólo es completamente hombre allí en dónde juega” dice Friedrich Schiller. “En el auténtico hombre hay un niño escondido que quiere jugar”, dice Nietzsche. “¿Por qué escondido?”, pregunta mi esposa. En los primeros minutos posteriores a nuestro primer encuentro Otto Hahn me preguntó: “Dígame algo: ¿es usted realmente infantil? ¡Por favor, no me malinterprete!”

Las características infantiles, sin duda alguna, forman parte de las condiciones necesarias para la hominización. La cuestión sería tan sólo establecer si la infantilización genética típica del ser humano no está avanzando en una medida que puede volverse fatal. Ya hemos visto que los fenómenos de la intolerancia frente al desplacer y el aplanamiento de las sensaciones pueden conducir a comportamientos infantiles. Existe la fundada sospecha de que procesos de origen cultural pueden sumarse a los de origen genético. La impaciente exigencia de la satisfacción inmediata de un impulso, o la ausencia de toda consideración y responsabilidad por los sentimientos de los demás, son algo típico en niños pequeños y, en ellos, por supuesto algo también completamente perdonable. El trabajar pacientemente en pos de objetivos a largo plazo, la responsabilidad por las acciones propias y la consideración por incluso aquellos que están alejados de uno mismo son, por el contrario, normas de conducta que caracterizan al ser humano maduro.

De inmadurez hablan incluso los investigadores del cáncer para expresar una de las características básicas del tumor maligno. Cuando una célula desecha todas aquellas propiedades que la convierten en un miembro de determinado tejido corporal – ya sea de la piel, del entorno gastrointestinal o de la mama – lo que hace necesariamente es “retrotraerse” a un estado correspondiente a una etapa previa de su desarrollo individual e histórico. Es decir: comienza a comportarse como un organismo unicelular, o como una célula embrionaria, y empieza a multiplicarse sin consideración alguna por la totalidad del cuerpo. Mientras más fuerte sea esta regresión, mientras más se diferencie el nuevo tejido así formado del tejido normal, tanto más maligno será el tumor. Un papiloma que, a pesar de todo, todavía tiene muchas propiedades de la piel normal, sólo que aparece como una verruga sobre su superficie, es un tumor benigno. Un sarcoma que está constituido por células mesodérmicas idénticas totalmente indiferenciadas es un tumor maligno. El fatal crecimiento de los tumores malignos obedece, como ya lo hemos dicho, a que fallan determinadas medidas defensivas – o bien éstas son neutralizadas por las células tumorales – con las cuales el cuerpo normalmente se protege de la aparición de células “asociales”. Sólo cuando las mismas son nutridas y tratadas por el tejido adyacente como semejantes puede producirse el mortal crecimiento infiltrativo del tumor.

La analogía, ya antes indicada, puede extenderse aquí. Un ser humano que se queda en un estado infantil por falta de maduración de las normas de comportamiento social, se convierte necesariamente en un parásito de la sociedad. Espera, como algo natural y sobreentendido, seguir gozando de aquellos cuidados de los adultos que les corresponden solamente a los niños. En el diario “Süddeutsche Zeitung” se informó hace poco de un joven que mató a golpes a su abuela para robarle un par de monedas para ir al cine. Su manera de hacerse cargo del hecho consistió en la terca reiteración de la declaración: “Pero si le dije a la abuela que necesitaba el dinero para ir al cine”. Esta persona, por supuesto, se encontraba seriamente disminuida en sus facultades mentales.

Innumerables jóvenes están hoy enemistados con el orden social vigente y, con ello, también con sus padres. Pero su infantilidad irreflexiva queda expuesta por el hecho de que, a pesar de esta posición antagónica, esperan, como la cosa más natural del mundo, seguir siendo mantenidos por esa misma sociedad y por esos mismos padres.

Estamos en grave peligro si, como me temo, el avance de la infantilización y la creciente delincuencia juvenil realmente obedecen a fenómenos de deterioro genético. Nuestra valoración emotiva de lo bueno y lo decente es, con aplastante probabilidad, el único factor que todavía presiona selectivamente de un modo aproximadamente efectivo contra los fenómenos deteriorantes del comportamiento social. ¡Hasta el escamado financista de nuestro elocuente chiste quiere todavía casarse con una joven decente! Todo lo que se ha mencionado en los capítulos anteriores, la sobrepoblación, la competencia comercial, la destrucción de nuestro entorno natural y nuestro distanciamiento de su imponente armonía, el reblandecimiento que merma nuestra capacidad de tener sentimientos fuertes; todo esto concurre a robarle al hombre moderno cualquier capacidad para juzgar qué es bueno y qué es malo. Y a la totalidad de lo anterior todavía se agrega la justificación de lo asocial que se nos hace patente al ponderar las causas genéticas y psicológicas de sus consecuencias fallidas.

Tenemos que aprender a unir un sensato humanitarismo frente al individuo con la consideración de lo que necesita la comunidad humana. El individuo aislado, castigado por la pérdida de ciertas formas de comportamiento social y por la pérdida simultánea de la capacidad para los sentimientos que acompañan a esas formas, es realmente un pobre enfermo que merece nuestra más amplia compasión. Pero la pérdida en si misma es el mal sin más. No es solamente la negación y la retrogradación del proceso de la Creación mediante el cual un animal se convirtió en ser humano sino algo mucho peor y hasta siniestro. De alguna misteriosa forma la perturbación del comportamiento social con gran frecuencia no provoca la simple carencia de aquello que percibimos como bueno y decente sino que directamente conduce a una activa enemistad en su contra. Es precisamente este fenómeno el que hace que muchas religiones puedan creer en un enemigo y contendiente de Dios. Cuando uno observa con los ojos bien abiertos todo lo que sucede actualmente en el mundo, se hace imposible contradecir al creyente que opina que el Anticristo anda suelto por ahí.

Es indudable que, a través del deterioro causado por comportamientos sociales anclados en lo genético, nos hallamos bajo la amenaza de un Apocalipsis y de una forma especialmente horrible. Sin embargo, este riesgo es probablemente más fácil de eliminar que el de la sobrepoblación o el del círculo endemoniado de la competencia comercial; riesgos a los cuales solamente es posible enfrentar a través de medidas revolucionarias o, como mínimo, por una reevaluación didáctica de todos los pseudovalores actualmente idolatrados. Para evitar el deterioro genético de la humanidad es suficiente con mantener siempre presente la antigua sabiduría que expresa de un modo clásico el viejo chiste judío que hemos contado. Es suficiente con no olvidar al momento de la selección de la pareja la simple y obvia condición: decente, eso es lo que ella debe ser – y él no menos.

Antes de dedicarme al siguiente capítulo que trata de los riesgos inherentes a la pérdida de la tradición que emergen de la rebelión demasiado radical de la juventud, tengo que prevenirme de un posible malentendido. Todo lo que se acaba de decir acerca de las peligrosas consecuencias de la progresiva infantilización – en especial lo dicho sobre la declinación del sentido de responsabilidad y la percepción de los valores – se refiere a la fuertemente creciente delincuencia juvenil y de ningún modo a la mundialmente extendida rebelión de los jóvenes actuales. Por más enérgicamente que me oponga en lo que sigue a los peligrosos errores en que caen estos jóvenes, quede aquí expresamente dicho que dichos jóvenes no padecen una carencia del sentido social y moral, ni una ceguera frente a los valores. Justo al contrario: poseen una percepción notoriamente correcta, no sólo de que hay algo podrido en el Estado de Dinamarca [13] , sino de que hay mucho podrido en Estados bastante más grandes.

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