Los Ocho Pecados Capitales (Konrad Lorenz) VII

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Los Ocho Pecados Capitales (Konrad Lorenz) VII

Mensaje  Admin el Lun Dic 06, 2010 8:15 pm

Demolición de la Tradición

El desarrollo de una cultura humana muestra una notable analogía con la forma en que evolucionaron las especies. La tradición acumulativa que constituye la base de toda evolución cultural se fundamenta en logros relativamente nuevos, no obtenidos por ninguna especie animal, sobre todo en el pensamiento por conceptos y en el lenguaje hablado, los cuales, por la capacidad que tienen de construir símbolos libres, le han abierto al ser humano una posibilidad única para la difusión y la transmisión del conocimiento obtenido en forma individual. Esta “herencia de caracteres adquiridos” que aparece como consecuencia es, por su parte, la razón por la cual el desarrollo de una cultura se produce a una velocidad muchísimo mayor que la de la filogénesis de una especie.

Tanto los procedimientos mediante los cuales una cultura incorpora el conocimiento nuevo que contribuye a la conservación del sistema, como aquellos por los cuales retiene este conocimiento, son diferentes de los procedimientos que emplea el proceso evolutivo de las especies. Sin embargo, el método mediante el cual se selecciona entre la multitud de todo lo ofrecido aquello que se ha de retener, sigue siendo el mismo tanto para el desarrollo de las especies como para el de las culturas: es la selección según los resultados de pruebas exhaustivas. Ciertamente, la selección a través de las cuales se establecen las estructuras y funciones de una cultura no es tan rígida como la que opera en la evolución de las especies porque el ser humano, al dominar de un modo progresivo a la naturaleza circundante, se está aislando, cada vez más, de los factores selectivos. Es por eso que es frecuente encontrar en las culturas algo que muy rara vez aparece en las especies: eso que se ha dado en llamar construcciones suntuarias, esto es, estructuras que no pueden deducirse de un logro contributivo a la conservación del sistema y tampoco de algún logro anterior. Sucede simplemente que el ser humano puede darse el lujo de arrastrar consigo más lastre inútil que un animal salvaje.

Resulta curioso pero evidente que es únicamente la selección la que decide lo que ingresará como “sagrada” usanza y costumbre en el tesoro cognitivo permanente de una cultura. Sucede que parece ser que inventos y descubrimientos hechos por investigación y exploración racional, adoptan un carácter ritual y hasta religioso, cuando han sido transmitidos por la tradición durante largo tiempo. Sobre esto volveré en el próximo capítulo. Pero el hecho es que, si uno investiga las normas sociales de comportamiento usuales de una cultura, tal como es dado hallarlas en un momento dado – es decir: sin emplear una visión históricamente comparativa – resulta que no es posible diferenciar las que surgieron por casualidad a partir de “supersticiones”, de aquellas que deben su existencia a inventos y descubrimientos auténticos. Exagerando un poco, se podría decir que todo lo que se transmite por tradición durante largos períodos de tiempo, al final termina adoptando las características de una “superstición” o de una “doctrina”.

A primera vista esto podría ser considerado como una “falla de fábrica” en el mecanismo que adquiere y almacena el saber en las culturas humanas. Pero razonándolo detenidamente se descubre que el gran conservativismo en el aferrarse a lo ya probado es una propiedad vital del aparato al cual le cabe, en la evolución cultural, el mismo papel que desempeña el genoma en la evolución de las especies. El conservar no es sólo tan importante sino mucho más importante que el ampliar y hay que tener presente que, sin investigaciones muy especialmente orientadas, ni siquiera podríamos saber cuales de los usos y costumbres que nos han sido legados por la tradición son supersticiones prescindibles o superadas y cuales constituyen bienes culturales imprescindibles. Incluso entre las normas de comportamiento cuyos efectos malignos parecen evidentes – como entre los cazadores de cabezas de algunas tribus de Borneo y Nueva Guinea – no es para nada posible prever las consecuencias que produciría la drástica eliminación de estas normas sobre el sistema de normas de comportamiento que mantiene cohesionado al grupo cultural en cuestión. Ocurre que un sistema así constituye en cierta forma el esqueleto de cualquier cultura y es altamente peligroso extraer arbitrariamente del mismo a un elemento sin conocer la multiplicidad de sus interrelaciones.

La falsa noción de que sólo lo racionalmente accesible o, incluso, sólo lo científicamente demostrable pertenece al acervo cognitivo de la humanidad, es algo que produce estragos. Conduce a que la juventud “científicamente esclarecida” tire por la borda el enorme tesoro de saber y de sabiduría contenido tanto en las tradiciones de cualquier antigua cultura como en lo que enseñan todas las grandes religiones universales. Aquél que piense que todo ello es algo nulo y abolido, terminará consecuentemente en otro error, igual de funesto, por el cual vivirá convencido de que la ciencia puede, supuestamente, construir a partir de la nada y por el camino racional a toda una cultura con todos sus pelos y señales. Esta actitud es tan sólo muy poco menos estúpida que aquella otra que sostiene que nuestro conocimiento ya es suficiente para “mejorar” arbitrariamente al hombre a través de la manipulación del genoma humano. Una cultura contiene por lo menos tanto de conocimiento “surgido” o “crecido” y apropiado por la selección, como lo tiene cualquier especie zoológica a la cual, como es de público conocimiento, todavía no hemos hallado el modo de “fabricar”.

La tremenda subestimación del tesoro cognitivo cultural no-racional y la correspondiente sobrevaloración de todo aquello que el ser humano, en tanto Homo Faber, puede poner sobre este mundo, no constituyen, sin embargo y de ningún modo, los únicos factores que amenazan con aniquilar nuestra cultura. Ni siquiera son los decisivos. Una ilustración arrogante no tendría motivos para enfrentar con manifiesta animosidad el legado de la tradición. En todo caso, la trataría de un modo similar a como un biólogo trata a una anciana campesina que insiste en asegurar que las pulgas surgen del aserrín impregnado en orina. La actitud que gran parte de la actual generación de jóvenes tiene para con la generación de sus padres, si bien posee una generosa medida de arrogante desprecio, no tiene sin embargo nada de bonachona. La revolución de la juventud actual está impulsada por el rencor y, específicamente, por uno que constituye la animadversión más peligrosa y más difícil de superar y que está estrechamente emparentada con el chauvinismo político. En otras palabras: la juventud sublevada reacciona contra la generación precedente del mismo modo en que usualmente un grupo cultural o “étnico” reacciona frente a otro grupo extraño y hostil.

Erik Erikson fue el primero en señalar las numerosas analogías que existen en la evolución divergente de grupos étnicos independientes. Estas analogías se observan entre la historia cultural de y la evolución de subespecies, especies y géneros que aparecen a lo largo de la historia biológica de estos grupos. Erikson hablaban de “pseudo especialización” y de “formación de pseudo especies”. Se trata de ritos y de normas del comportamiento social surgidos a lo largo de la historia cultural que, por un lado mantienen cohesionadas a unidades culturales pequeñas o más grandes pero que, por el otro lado, las separan entre si. Una clase especial de “mañas”, un dialecto grupal especial, una forma de vestirse, etc. pueden convertirse en el símbolo de una comunidad, símbolo que es amado y defendido de la misma manera en que lo es el propio grupo de seres personalmente conocidos y amados. Tal como lo he expuesto en otra parte (1967) la valoración de los símbolos del grupo propio va de la mano de la desvalorización de los de otros grupos y unidades culturales comparables. Mientras durante más tiempo se hayan desarrollado dos grupos étnicos independientemente el uno del otro, tanto más grandes se harán las diferencias y a partir de ellas se puede reconstruir la trayectoria de la evolución de los grupos, en forma análoga a cómo se lo hace con las diferencias que se encuentran en los caracteres físicos de las especies zoológicas. Tanto en un caso como en el otro se puede presuponer con seguridad que los caracteres más ampliamente difundidos, aquellos que aparecen en unidades más grandes, son también los más antiguos.

Todo grupo cultural nítidamente delimitado tiene la tendencia a considerarse de hecho como una especie propia y esto, al menos en la medida en que no considera como seres humanos plenamente valiosos a los miembros de otras unidades comparables. En una cantidad muy grande de idiomas aborígenes la palabra utilizada para designar a la propia tribu significa simplemente “hombre”. De lo cual se desprende que matar a un miembro de la tribu vecina ¡ni siquiera implica un auténtico homicidio! Esta consecuencia que tiene la formación de pseudo especies es altamente peligrosa porque a través de ella se elimina en gran medida la restricción de matar a un miembro de la misma especie mientras, simultáneamente, se mantiene activa la agresión intra-específica desatada por los compañeros de especie y solamente por ellos. El “enemigo” es objeto de una furia como la que sólo puede dirigirse a otros seres humanos – una furia que no se le dispensa ni siquiera a las peores fieras – y uno puede tranquilamente disparar sobre este enemigo desde el momento en que ni siquiera es un verdadero ser humano. Va de suyo que el fomentar este criterio es algo que pertenece a la técnica certificada de todos los belicistas.

Es algo realmente muy inquietante que la actual generación más joven esté comenzando, de un modo muy claro, a tratar a la generación más vieja como si fuese una pseudo especie extranjera. Esto se expresa en una variedad de síntomas. Grupos étnicos competidores y enemistados con frecuencia acostumbran a cultivar diferentes trajes típicos o a crearlos ad hoc. En Europa Central ya hace rato que han desaparecido los trajes típicos campesinos propios de una localidad. Solamente en Hungría se han mantenido en pleno desarrollo en todos aquellos lugares en dónde poblados eslovacos y húngaros se encuentran contiguos. En estos lugares el traje típico se viste con orgullo y con la muy claramente manifiesta intención de hacer rabiar a los miembros del grupo étnico vecino. Exactamente eso es lo que hacen también los autoconstituidos grupos de jóvenes rebeldes y lo realmente sorprendente es la gran medida en que se impone entre ellos la tendencia a adoptar uniformes – a pesar de un supuesto gran rechazo por todo lo militar. Los más diversos subgrupos de beatniks, teddyboys, rocks, mods, rockers, hippies, gammlers, etc. etc. resultan para el “especialista” en la materia tan claramente reconocibles por sus vestimenta típica como lo fueron en su momento los diferentes regimientos del ejército imperial austríaco por sus uniformes.

De un modo similar, también en sus usos y costumbres la juventud rebelada busca distanciarse tan nítidamente como sea posible de la generación de sus padres. Y no lo hace simplemente ignorando el comportamiento usual de la generación anterior sino tomando nota de hasta el más pequeño detalle y convirtiéndolo en su exacto opuesto. Esto es lo que explica, por ejemplo, la aparición de excesos sexuales en grupos de personas cuya potencia sexual general parece estar deprimida. Del mismo modo, el que estudiantes rebeldes orinen y defequen en público – como ha sucedido en la Universidad de Viena – se explica sólo por el intenso deseo de romper todas las prohibiciones paternas.

La motivación de todos estos comportamientos extraños y hasta estrambóticos es completamente desconocida por los jóvenes afectados y es frecuente que ofrezcan las más variadas – y a veces hasta aparentemente bastante convincentes – pseudo-racionalizaciones para explicar su conducta: protestan contra la insensibilidad general que sus adinerados padres manifiestan frente a quienes padecen hambre y pobreza; contra la guerra en Vietnam; contra la arbitrariedad de las autoridades universitarias; contra todos los “establishments” de cualquier signo – aún cuando, de modo extraño, sólo raras veces contra el aplastamiento de Checoslovaquia por parte de la Unión Soviética. En realidad, sin embargo, su ataque se dirige bastante al azar contra todas las personas de mayor edad, sin demasiada consideración por sus afinidades políticas. Los profesores de extrema izquierda no resultan insultados por sus alumnos de extrema izquierda en una medida sensiblemente menor que los profesores de derecha. H. Marcuse fue denigrado de la manera más grosera por estudiantes comunistas conducidos por Cohn Bendit y abrumado con acusaciones realmente estúpidas siendo que, por ejemplo, lo increparon imputándole el estar pagado por la CIA. La agresión no estaba motivada por su pertenencia a otra corriente política sino exclusivamente por su pertenencia a otra generación.

De igual manera la generación más vieja entiende, inconsciente y sentimentalmente, la supuesta protesta por lo que realmente es; es decir: como una declaración de guerra y de insultos llena de rencor. Así se llega a la rápida y peligrosa escalada de un odio que – tal como ya dijimos – está emparentado con el odio político de diferentes grupos étnicos. Incluso siendo etnólogo con algo de experiencia encuentro difícil no reaccionar con ira ante la hermosa camisa azul del socialmente muy bien ubicado comunista Cohn Bendit y es suficiente con observar la expresión facial de estas personas para darse cuenta de que esta reacción es algo deseado por ellas. Todo ello reduce a un mínimo las expectativas de un entendimiento muto.

Tanto en mi libro sobre la agresión (1963) como en exposiciones públicas (1968, 1969) he tratado de explicar en qué podrían buscarse las causas etológicas de la guerra generacional. Me limitaré, pues, aquí a lo más esencial. Todo el fenómeno obedece a la perturbación funcional de un proceso de desarrollo que en el ser humano se produce durante la pubertad. Durante esta fase, el joven comienza a desvincularse de las tradiciones de la casa paterna, empieza a juzgarlas en forma crítica y a efectuar una búsqueda de nuevos ideales y un nuevo grupo al cual integrarse, cuya causa pueda hacer propia. El deseo instintivo de poder incluso pelear por una buena causa es decisivo para la selección del objetivo, especialmente en los muchachos jóvenes. En esta fase, lo antiguo y tradicional aparece como aburrido y todo lo nuevo como algo atrayente; uno hasta podría hablar de una neofilia fisiológica.

Sin duda alguna, este proceso tiene un alto valor para la conservación de la especie y es por eso que ha pasado a formar parte del programa de los modos de comportamiento humanos. Su función consiste en brindar alguna capacidad de adaptación a la, en general, demasiado rígida transmisión de normas culturales de comportamiento. Puede compararse con la cubierta exterior del cangrejo que tiene que desprenderse de su rígido esqueleto exterior para poder crecer. Como en todas las estructuras rígidas, también en la tradición cultural la imprescindible función del punto de anclaje se compra al precio de la pérdida de grados de libertad y, al igual que en todas las demás, la demolición que es necesaria ante cualquier reacondicionamiento trae consigo determinados peligros puesto que, entre la demolición y la nueva construcción, necesariamente habrá un período de falta de defensas y de referencias. Y, de un modo análogo, este es el caso tanto en el cangrejo que cambia de caparazón como en el joven ser humano que transita por la pubertad.

En circunstancias normales, al período de la neofilia fisiológica le sigue un renacimiento del cariño por lo antiguo y tradicional. Esto puede producirse de un modo completamente gradual. La mayoría de nosotros, los viejos, puede dar testimonio de que a los sesenta uno tiene una opinión mucho más positiva de las ideas de nuestro padre que la que uno tenía a los dieciocho. Muy acertadamente, A. Mitscherlich llama a este fenómeno “obediencia tardía”. La neofilia fisiológica y la obediencia tardía constituyen en conjunto un sistema cuyo valor para la subsistencia consiste en eliminar de la cultura recibida por tradición los elementos vetustos y aquellos que impedirían un nuevo desarrollo pero manteniendo lo esencial y lo imprescindible de la estructura. Desde el momento en que la función de este sistema depende necesariamente del juego concurrente de una cantidad muy grande de factores externos e internos, es comprensible que resulte fácilmente perturbable.

Las trabas a la evolución, que pueden provenir de factores ambientales pero con seguridad también de condiciones genéticas, tienen consecuencias muy diferentes, dependiendo del momento en que aparecen. El quedarse atascado en un estadio infantil precoz puede traer como consecuencia la persistencia de los vínculos paternos y un total anquilosamiento dentro de las tradiciones de la generación anterior. Personas de estas características se relacionan muy mal con las demás de su misma edad y, con frecuencia, se convierten en extraños solitarios. La permanencia no fisiológica en el estadio de la neofilia provoca un resentimiento muy característico y recriminante contra padres que a veces han fallecido hace tiempo y también una especie de apartamiento. Ambos fenómenos son bien conocidos por los psicoanalistas.

Las perturbaciones que conducen al odio y a la guerra entre las generaciones tienen otras causas que son, específicamente, de dos clases. En primer lugar, los cambios adaptivos exigidos al acervo legado por la tradición se vuelven mayores de generación en generación. En los tiempos de Abraham el cambio que el hijo podía introducir en las normas de comportamiento del padre era tan imperceptiblemente escaso que – tal como Thomas Mann lo presenta tan convincentemente en su magnífica novela psicológica “José y sus Hermanos” – para algunas personas de aquél entonces resultaba en absoluto imposible diferenciar la persona propia de la persona de su padre, algo que implica la forma más perfecta de identificación que se pueda imaginar. El ritmo de evolución que le es impuesto a la cultura actual por su tecnología tiene por consecuencia que aquello que una generación todavía posee como bien legado por la tradición sea justificadamente considerado como obsoleto por una parte muy importante de la juventud crítica. El ya mencionado error de creer que el ser humano podría, a voluntad y en forma racional, hacer surgir una nueva cultura a partir de cualquier territorio arrasado conduce, consecuentemente, a la conclusión por completo desquiciada de que, entonces, lo mejor sería aniquilar por completo la cultura paterna para poder construir lo nuevo en forma “creativa”. De hecho, se podría hacer. ¡Pero sólo empezando de nuevo a partir del antecesor del Hombre de Cro-Magnon!

El afán de la juventud actual, ampliamente considerado como justificado, de “deshacerse” de los padres tiene, sin embargo, también otras causas. Todos los cambios a los que se halla sujeta la estructura de la familia – como consecuencia del avance de la tecnificación de la humanidad – presionan en la dirección de debilitar el contacto entre padres e hijos. Esto comienza ya en la época del lactancia. Puesto que la madre actualmente nunca puede dedicar la totalidad de su tiempo al niño, surgen en un grado mayor o menor casi siempre los fenómenos que René Spitz llama de internación. Su síntoma más maligno es un debilitamiento, difícilmente reversible o hasta imposible de revertir, de la capacidad humana para establecer contacto con otros seres humanos. Este efecto se suma de modo peligroso con la ya mencionada perturbación de la capacidad de solidaridad humana.

A una edad algo posterior se puede observar, especialmente en los niños, la perturbación causada por la pérdida de la imagen paterna. Excepto en el entorno campesino, un niño casi nunca ve a su padre trabajando y menos aún tiene la oportunidad de ayudarlo en su trabajo para percibir de este modo la superioridad del hombre maduro. También falta en la moderna mini-familia la estructura jerárquica que hacía que, bajo las condiciones ancestrales, el “anciano” apareciese como alguien que imponía respeto. Un niño de 5 años de ningún modo puede dimensionar la superioridad de su padre de 40 años, pero sí lo impresiona la mayor fuerza de un niño de 10 años y comprende la idolatría que éste siente por su hermano de 15 pudiendo sacar conclusiones correctas cuando ve cómo el de 15, que ya es lo suficientemente capaz de reconocer la superioridad espiritual del más viejo, lo respeta.

El reconocimiento de una superioridad jerárquica no es ningún obstáculo para el amor. Los recuerdos deberían decirle a todo ser humano que, siendo niño, no amó menos, sino más, a aquellas personas a quienes admiró y a quienes claramente obedeció, siendo que no amó tanto a sus iguales y a quienes le estaban subordinados. Todavía me acuerdo de mi tempranamente fallecido amigo Emmanuel la Roche quien, unos cuatro años mayor que yo, ejerció como caudillo indiscutido un firme pero justo liderazgo sobre nuestra salvaje banda de chicos de 10 a 16 años. Y recuerdo no sólo el respeto que sentí por él, no sólo mi deseo de ganarme su aprobación por medio de actos audaces, sino que también recuerdo perfectamente el cariño que le tuve. Este sentimiento fue claramente de la misma calidad que aquél otro que me despertaron más tarde ciertos, muy respetados, amigos y maestros de mayor edad. Uno de los mayores crímenes de la doctrina pseudo-democrática es el haber afirmado que la existencia de un orden jerárquico natural entre dos personas constituye un obstáculo que frustra todos los sentimientos cálidos. Sin este orden no existe ni siquiera la forma más natural del amor humano que, normalmente, vincula a los miembros de una familia entre si. Hay miles de niños que se han convertido en neuróticos desgraciados por la conocida corriente educativa del “non-frustration” [14] .

Tal como lo he desarrollado en los escritos mencionados, en un grupo carente de orden jerárquico el niño se encuentra en una situación totalmente antinatural. Puesto que no puede reprimir su propio afán, instintivamente programado, de acceder a una jerarquía superior y al no ejercer sus padres ninguna resistencia en contrario, es obvio que comenzará a tiranizarlos. Pero con ello termina empujado a desempeñar el papel de un líder de grupo y en dicho papel no se siente cómodo en absoluto. Sin un “superior jerárquico” más fuerte se siente desamparado en medio de un mundo totalmente hostil ya que a los niños que produce la pedagogía del “non-frustration” no los quiere nadie. Y cuando, por una comprensible irritación, decide desafiar a sus padres – con la actitud de “pedir un sopapo a gritos” como tan gráficamente decimos en Austria-Baviera – el niño no encuentra la contra-agresión que instintiva y subconcientemente espera sino que choca contra la pared de goma de toda una ristra de frases calmosas y pseudo-racionalizantes.

Pero sucede que no hay persona alguna que se identifique con un timorato irresoluto. Nadie está dispuesto a tolerar que una persona así le establezca las normas de comportamiento que deberá seguir y menos todavía estará dispuesto a aceptar como valores culturales a aquellos que éste reverencia. Solamente cuando uno ama y simultáneamente admira a otro ser humano desde las más hondas profundidades de su alma, solamente entonces se encuentra uno en absoluto en condiciones de aceptar y asumir su tradición cultural. Una “imagen paterna” de esas características es lo que, evidentemente y en una pavorosa cantidad de casos, les falta a los jóvenes que actualmente están creciendo. El padre genético fracasa con demasiada frecuencia, y la masificación de las escuelas y universidades impide que un maestro lo suplante.

Además, en el caso de muchos jóvenes inteligentes, a estas motivaciones estrictamente etológicas para rechazar la cultura paterna se agregan otras auténticamente éticas. En nuestra cultura occidental actual – con su masificación, con su destrucción de la naturaleza, con su competición ciega de valores y codiciosa de dinero que termina siendo competición contra uno mismo, con su aterradora pobreza de sentimientos y su estupidización por adoctrinamiento – realmente, lo no-imitable es tan evidente que hace olvidar con demasiada facilidad el contenido de verdad y de sabiduría que, a pesar de todo, nuestra cultura posee. La juventud, en rigor de verdad, tiene razones valederas y racionales para declararle la guerra a todos los “establishments”. Lo que sucede es que se hace difícil estimar la magnitud de la proporción de jóvenes rebeldes – incluso entre los estudiantes – que realmente actúan por estas razones. Lo que de hecho surge en las confrontaciones públicas es algo evidentemente motivado por impulsos etológicos inconscientes completamente diferentes, y entre ellos el rencor y el odio se ubican en primer término. Lamentablemente, los jóvenes que actúan por motivos sensatos y racionales son también los menos violentos, por lo que el cuadro general de la rebelión está mayoritariamente dominado por los síntomas de la regresión neurótica. Por una cuestión de lealtad mal entendida, los jóvenes sensatos evidentemente no están en condiciones de distanciarse de aquellos que actúan impulsivamente. Sin embargo, a través de las discusiones con estudiantes he llegado a tener la impresión de que la proporción de los sensatos no es para nada tan pequeña como podría suponerse a partir de la apariencia superficial de la rebelión.

En todo caso, en estas consideraciones no hay que olvidar que las evaluaciones sensatas representan un impulso mucho más débil que el de la primitiva violencia de la agresión, elemental e instintiva, que de hecho se esconde detrás de ella. Menos aún se deben olvidar las consecuencias que trae consigo para los jóvenes mismos el descarte absoluto de la tradición paterna. Estas consecuencias pueden llegar a ser letales. Durante la fase de la “neofilia fisiológica” el pubescente padece una irresistible presión por adherirse a algún grupo étnico y, sobre todo, a participar de su agresión colectiva. Esta presión es tan fuerte como cualquier otro impulso filogenéticamente programado; tan fuerte como el hambre o la sexualidad. Al igual que en el caso de estos últimos, el conocimiento y el proceso de aprendizaje conseguirán, en el mejor de los casos, fijar el impulso sobre un objeto determinado. Lo que nunca se conseguirá es dominarlo, o aún reprimirlo, íntegramente por medio de la razón. Allí en dónde esto se consigue en apariencia, lo que se está haciendo es invocar el peligro de una neurosis.

El proceso, que en esta etapa ontogenética es “normal” – es decir: tiene sentido en aras del mantenimiento del sistema de una cultura – se conceptúa, como ya vimos, en que los jóvenes se juntan en un grupo étnico al servicio de algunos nuevos ideales y se proponen correspondientemente hacer reformas esenciales a las tradicionales normas de comportamiento, sin tirar, no obstante, por la borda la totalidad de los bienes de la cultura paterna. La persona joven se identifica así claramente con el grupo joven de una vieja cultura. Siendo el ser humano un ser cultural por naturaleza, es en lo más profundo de su ser que se halla el motivo por el cual puede establecer una identificación plenamente satisfactoria solamente en, y con, una cultura. Cuando esto se le hace imposible por los ya mencionados obstáculos, lo que hará es satisfacer su necesidad de identificación y de pertenencia grupal de un modo para nada diferente a como lo haría con una necesidad sexual insatisfecha: mediante un objeto sustituto. La arbitrariedad con la que los impulsos acumulados se descargan sobre los objetos más sorprendentemente inadecuados es algo conocido desde hace mucho tiempo por quienes han investigado los instintos. Sin embargo, difícilmente se puedan mencionar ejemplos más dramáticos de elección de objetos impropios que la efectuada en no pocos casos por los jóvenes ávidos de pertenecer a algún grupo. Cualquier cosa es mejor que no pertenecer a grupo alguno, aunque sea una membresía en la más triste de todas las comunidades como lo es la de los drogadictos. Aristide Esser, el especialista en la materia, pudo demostrar que, aparte del aburrimiento del que ya hablamos en el Capítulo V, es sobre todo el impulso de la pertenencia a un grupo el que empuja a un número constantemente creciente de jóvenes hacia la drogadicción.

Allí en dónde no existe un grupo al cual adherirse, siempre está la posibilidad de constituir alguno “a medida”. Bandas de jóvenes semi o totalmente criminales, como tan acertadamente se representan en la merecidamente famosa comedia musical “West Side Story” [15] , representan, con una simpleza directamente esquemática, el programa filogenético del grupo étnico; sólo que, lamentablemente, sin la cultura legada que es propia de los grupos no-patológicos que surgen en forma natural. Tal como se muestra en la comedia musical, con frecuencia se constituyen simultáneamente dos bandas antagónicas, sin otro propósito que el de servir de objeto a la agresión colectiva. Los “Rocks and Mods” ingleses son, si es que aún existen, un ejemplo típico. Pero estos agresivos grupos duales son, con todo, todavía más soportables que los rockeros de Hamburgo quienes se han impuesto por misión el apalear a ancianos indefensos.

La excitación emocional traba la producción racional; el hipotálamo bloquea al córtex. No hay emoción alguna, sea como fuere que esté constituida, para la cual esto sea válido en una medida tan alta como lo es para el odio colectivo, étnico, al cual en su forma de chauvinismo político conocemos demasiado bien. Hay que tener en claro que el aborrecimiento de la generación más vieja por parte de la más joven proviene de las mismas fuentes. Las consecuencias del odio son peores que los de la ceguera y la sordera totales porque el odio falsea y convierte en lo opuesto a cualquier comunicación que se pretenda establecer. Cualquier cosa que se le puede llegar a decir a la juventud para evitar que destruya sus propios bienes más importantes se interpretará, de modo previsible, como un artero intento de defender al odiado “establishment”. El odio no solamente produce ceguera y sordera, también produce una estupidez increíble. Será difícil hacerles el bien que necesitan a quienes nos odian. Será difícil hacerles entender que lo surgido a lo largo del desarrollo cultural es exactamente tan insustituible y digno de respeto como lo evolucionado a lo largo de la filogenia de la especie. Será difícil hacerles comprender que una cultura puede apagarse igual que la llama de una vela.

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