Los Ocho Pecados Capitales (Konrad Lorenz) VIII

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Los Ocho Pecados Capitales (Konrad Lorenz) VIII

Mensaje  Admin el Lun Dic 06, 2010 8:18 pm

Adoctrinabilidad

Mi maestro Oskar Heinroth, inveterado naturalista e inveterado sarcástico criticón de las ciencias psicológicas, solía decir: “Lo que uno piensa, generalmente es falso; pero lo que uno sabe, eso es correcto”. Esta frase, libre del lastre de toda teoría del conocimiento, expresa maravillosamente el devenir de todo conocimiento humano y, quizás, de todo saber en absoluto. Al principio uno “piensa” cualquier cosa; luego lo compara con la experiencia y con los demás datos aportados por los sentidos para después, por la vía de la congruencia o la incongruencia, arribar a una conclusión relativa a lo correcto o lo incorrecto de lo que “se pensó” al comienzo. Esta forma de comparar una normativa, surgida de algún modo dentro del organismo, con una segunda, vigente en el mundo exterior, es probablemente el método más importante en absoluto por medio del cual un organismo viviente adquiere su saber. Karl Popper y Donald Campbel llaman a este método “pattern matching”; ambas palabras se resisten a ser traducidas al alemán. [16]

En su forma más simple este proceso de adquisición del saber tiene lugar ya en los niveles más inferiores de los procesos vitales, de un modo básicamente igual al descripto. En la fisiología de la percepción lo hallamos a cada paso y en el pensamiento conciente adquiere la forma de la suposición con su posterior confirmación. Lo que se ha pensado, por de pronto a modo de suposición, muchas veces resulta ser falso cuando se lo somete a la prueba por el ejemplo; pero si pasa dicha prueba una cantidad suficiente de veces, entonces se convierte en algo que uno sabe. En las ciencias, estos procesos se denominan construcción de hipótesis y verificación.

Lamentablemente sin embargo estos dos pasos del saber no están tan nítidamente separados el uno del otro y el resultado del segundo paso de ninguna manera es siempre tan claro como podría parecer por la expresión de mi maestro Heinroth. En la arquitectura del saber, la hipótesis constituye un andamio del cual el constructor sabe de antemano que lo terminará desmontando en el transcurso de la obra. Es una presunción provisoria que tiene sentido hacer en absoluto solamente cuando existe la posibilidad práctica de refutarla con hechos especialmente buscados para tal fin. Una hipótesis refractaria a toda “impugnación” tampoco es verificable y, con ello, resulta inutilizable para el trabajo experimental. El constructor de hipótesis debe estarle agradecido a todo aquél que le muestre nuevos caminos por los cuales su hipótesis puede llegar a ser demostradamente insuficiente puesto que toda verificación consiste precisamente en establecer si la hipótesis posee suficiente solidez frente a los intentos de refutación. Básicamente, el trabajo del naturalista consiste en la búsqueda de esta solidez. Es por eso que se habla de hipótesis de trabajo y una hipótesis de esta clase es tanto más útil mientras más posibilidades le brinde al trabajo de verificación. Es que la probabilidad de su acierto aumenta con el número de hechos relevados que se dejan incluir en ella.

Es un error muy difundido incluso entre los teóricos del conocimiento el creer que una hipótesis se halla definitivamente refutada por un único hecho, o por alguna pequeña cantidad de hechos, que no pueden ser explicados por ella. Si esto fuese cierto, todas las hipótesis existentes ya estarían refutadas desde el momento en que casi no hay ninguna que le haga justicia a todos los hechos que con ella se relacionan. La totalidad de nuestro saber es tan sólo una aproximación a la realidad extra-subjetiva que nos proponemos comprender; bien que una aproximación progresiva. Jamás una hipótesis queda refutada por un único hecho contradictorio sino siempre y únicamente por otra hipótesis que tiene la capacidad de incluir más hechos que la anterior. “Verdad” es, así, aquella hipótesis de trabajo que en mejores condiciones está para allanarle el camino a la siguiente que, a su vez, tendrá una mayor capacidad explicativa.

No obstante, nuestro pensamiento y nuestro sentimiento no se inclinan ante este hecho teóricamente incuestionable. Por más énfasis que pongamos en tener presente que todo nuestro saber, todo lo que nuestra percepción nos informa sobre la realidad extra-subjetiva, no es sino un cuadro burdamente simplificado y aproximativo de lo existente de por si, aún así no podemos evitar el tomar ciertas cosas por verdades y el estar convencidos de la absoluta exactitud de este saber.

Esta convicción – si uno la observa correctamente desde lo psicológico y, sobre todo, desde lo fenomenológico – es equivalente a una fe, en todos los sentidos de la palabra. Cuando el naturalista ha verificado su hipótesis hasta el punto en que ya merece el nombre de teoría; y cuando dicha teoría se ha desarrollado al punto en que, previsiblemente, se modificará solamente por hipótesis adicionales pero ya no en sus lineamientos básicos; en ese momento es que “creemos” con “firmeza” en ella. Este credo tampoco produce demasiados inconvenientes ya que una teoría así “cerrada” sigue manteniendo su “verdad” dentro del área de su aplicación aún cuando esta área resulte luego ser menos abarcativa de lo que se supuso cuando se estableció la teoría. Esto vale, por ejemplo, para la totalidad de la física clásica. La teoría cuántica redujo su área de validez, pero no por ello ha sido refutada en un sentido estricto.

En el mismo sentido en que “creo” en las tesis de la mecánica clásica, también “creo” en toda una serie de teorías que se han hecho probables hasta los límites de la certeza. Así, por ejemplo, estoy convencido de que la llamada cosmología copernicana es correcta. Por lo menos, estaría enormemente sorprendido si resultase cierta la desacreditada teoría del mundo hueco o si fuese que, a pesar de todo, los planetas se arrastran por el techo en extraños lazos epicíclicos como se creía en los tiempos de Ptolomeo.

Pero también existen cosas en las que creo con la misma firmeza que me despiertan las teorías demostradas y eso sin tener la más mínima prueba de que mi convicción es correcta. Así es como creo, por ejemplo, en que el universo está regido por una única sentencia de leyes naturales, libres de contradicciones entre si, que jamás se violan. Para mi, personalmente, esta creencia posee un carácter directamente axiomático y excluye los fenómenos extranaturales. En otras palabras: creo que todos los fenómenos descriptos por los parapsicólogos y los espiritistas constituyen un autoengaño. Esta opinión es totalmente acientífica. Los fenómenos extranaturales pueden ser, en primer lugar muy escasos y en segundo lugar de dimensiones pequeñas, por lo cual el hecho de que nunca me he topado con algo similar de un modo convincente todavía no me otorga el derecho a hacer declaraciones sobre su existencia o inexistencia. Confieso que mi creencia puramente religiosa es que existe solamente un gran milagro y no milagros en plural, o bien, como lo ha expresado el filósofo-poeta Kurd Lasswitz, que Dios no tiene necesidad de producir milagros.

Ya he dicho que estas convicciones – tanto las científicas como las emocionales – se equiparan fenomenológicamente con una fe. Para darle a su afán de saber aunque más no sea una aparente base sólida, el ser humano no puede sino aceptar ciertos hechos como firmemente establecidos para usarlos de “cimientos” debajo de sus conclusiones, a modo de puntos de Arquímedes. Al construir una hipótesis uno finge concientemente la seguridad de unos fundamentos semejantes. Uno hace de cuenta y procede “como si” la hipótesis fuese cierta, solamente para ver qué es lo que resulta de ello. Mientras más tiempo haya uno pasado construyendo sobre estos puntos arquimédicos ficticios sin que el edificio se haya vuelto tan contradictorio como para colapsar, tanto más probable se hace, por el principio del esclarecimiento mutuo, la temeraria suposición original de que los puntos arquimédicos usados de base son reales.

Por consiguiente, la suposición hipotética de que ciertas cosas simplemente son verdaderas es algo que pertenece a los imprescindibles procedimientos inherentes al afán humano de adquirir saber. De la misma forma, pertenece a las condiciones motivacionales de la investigación humana el que uno ansíe que la suposición sea cierta, que la hipótesis sea correcta. Existen relativamente pocos naturalistas que prefieren avanzar “per exclusionem”, es decir: excluyendo experimentalmente una posibilidad de explicación después de la otra hasta que las únicas sobrevivientes terminan teniendo que contener la verdad. La mayoría de nosotros – y de esto tenemos que ser concientes – ama sus hipótesis y, como dije alguna vez, una especie de deporte mañanero, o ejercicio gimnástico algo doloroso pero rejuvenecedor y saludable, es tirar diariamente por la borda alguna hipótesis favorita. Naturalmente, al “amor” por una hipótesis contribuye también el tiempo durante el cual se la ha sostenido. Las costumbres mentales se hacen tan fáciles de “amar” como cualquier otra costumbre. Y muy especialmente cuando uno no las ha creado por si mismo sino que las ha recibido de un maestro querido y respetado. Cuando este maestro fue también el descubridor de un nuevo principio esclarecedor y, por consiguiente, ha tenido muchos discípulos, a la adhesión personal se le agrega todavía el efecto masivo de una opinión compartida por muchas personas.

Todos estos fenómenos, en si mismos, no constituyen nada malo y hasta tienen su justificación. Una buena hipótesis de trabajo ciertamente gana en probabilidad de ser correcta cuando a lo largo de años de investigación no surgen hechos que la contradicen. El principio del esclarecimiento mutuo gana en efectividad con el transcurso del tiempo. También está justificado tomar en serio la palabra de un maestro responsable ya que éste medirá con una vara muy estricta lo que le entrega a sus alumnos o bien, en todo caso, subrayará muy claramente el carácter hipotético de lo expresado. Una persona así piensa muy detenidamente antes de considerar que sus teorías están “maduras para el libro de texto”. De la misma forma tampoco es condenable que uno trate de fortalecerse en la opinión propia mediante el argumento de que otros la comparten. Cuatro ojos ven más que dos. En especial podemos ver en esto una clara confirmación cuando la otra persona ha partido de una base inductiva diferente y, a pesar de ello, arriba a resultados coincidentes con los nuestros.

Lamentablemente, sin embargo, todos estos efectos contribuyentes a consolidar una opinión también pueden aparecer sin las justificaciones arriba mencionadas. Por de pronto, como ya vimos, una hipótesis puede estar construida de tal manera que los experimentos dictados por ella solamente pueden contribuir a confirmarla. Por ejemplo, la hipótesis de que el reflejo constituiría el único fenómeno elemental digno de investigar en el sistema nervioso central condujo exclusivamente a experimentos en los cuales se registraban las respuestas del sistema a cambios en las condiciones. Que el sistema nervioso también sabe hacer otras cosas aparte de reaccionar pasivamente a los estímulos, eso es algo que forzosamente tenía que quedar oculto en esta orientación experimental. También se requiere tanto la autocrítica como una riqueza de pensamientos con buena dosis de fantasía para no caer en el error que devalúa la hipótesis como hipótesis de trabajo, por más “fructífera” que sea en la procuración de “información” – en el sentido que este término tiene para la teoría de la información. En estos casos la hipótesis no traerá nuevos conocimientos o lo hará solamente en forma excepcional.

También la confianza en las enseñanzas del maestro, por más valiosa que pueda ser para la fundación de una “escuela” – es decir: para una nueva orientación en la investigación – conlleva el peligro de la formación de doctrinas. La experiencia indica que el gran genio que ha descubierto un nuevo principio de explicación tiene también la tendencia a exagerar sus alcances. Jacques Loeb, Ivan Petrovich Pawlow, Sigmund Freud y muchos otros de los realmente grandes han caído en esto. Y si a ello todavía se le agrega que la teoría es demasiado plástica y no incita a ser puesta a prueba, pues entonces esto, en conjunción con la idolatría del maestro, puede llevar a que los discípulos se conviertan en apóstoles y la escuela se convierta en una religión y en un culto, tal como en algunos casos ha sucedido con Sigmund Freud.

El paso decisivo para la constitución de una doctrina en el sentido estrecho del término consiste en que a los dos factores que acabamos de mencionar, y que consolidan el poder de convicción de la teoría, todavía se le agrega una cantidad demasiado grande de partidarios. La posibilidad de difusión que una doctrina tiene hoy a través de los llamados medios masivos de difusión – diarios, radio y televisión – lleva con facilidad a que un estudio, que no es más que una hipótesis científica inverificada, se convierta no sólo en una opinión científica general sino incluso en una opinión pública.

A partir de allí, desgraciadamente, se ponen en acción todos aquellos mecanismos que sirven para el mantenimiento de tradiciones comprobadas y que hemos visto en detalle en el Capítulo VI. A partir de ese momento, la doctrina será defendida con la misma terquedad y con la misma exaltación emocional que sería de aplicación si se tratase de preservar del aniquilamiento a una sabiduría bien comprobada o al saber de una antigua cultura filtrado por la selección. Todo aquél que no se muestre conforme con la opinión prevaleciente es tildado de hereje y, dentro de lo posible, se lo difama y se lo desacredita. Se descarga sobre él la altamente especializada reacción de la agresión multitudinaria, del odio social.

Una doctrina de estas características que se ha vuelto religión universal otorga a sus seguidores la certeza subjetiva de un conocimiento definitivo con carácter de revelación. Todos los hechos que la contradicen serán negados, ignorados, o bien, como sucede en la mayoría de los casos, reprimidos en el sentido que Sigmund Freud le da al término, es decir: desterrados hacia debajo del umbral de la conciencia. El que así reprime le opondrá una resistencia tenaz, extremadamente teñida de emocionalidades, a todo intento de volver a hacer conciente lo reprimido. Esta resistencia será tanto más grande cuanto mayor sea el cambio que la concientización de lo reprimido produciría en sus opiniones, sobre todo en aquellas que el individuo se ha formado sobre si mismo. “Cada vez que chocaron personas con doctrinas contradictorias “ – dice Philip Wylie – “siempre surgió la más fuerte animadversión en ambos lados. Cada bando estuvo convencido de que el otro era prisionero del error, hereje, escéptico, bárbaro y compuesto en absoluto por invasores vandálicos. Luego de esto, por lo general, comenzó la guerra santa.”

Todo ello ya ha sucedido y con demasiada frecuencia. Como dice Goethe: “En todas las fiestas diabólicas, el odio partidario es el que mejor actúa, incluso en el más postrero de los horrores.” Pero realmente satánico se vuelve el adoctrinamiento recién cuando unifica en una sola malévola falsa convicción a enormes multitudes, a todo un continente y quizás hasta a toda la humanidad. Y es justamente éste el peligro que ahora nos amenaza. Cuando a fines del siglo pasado [17] Wilhelm Wundt se propuso hacer el primer intento serio de convertir la psicología en una ciencia natural, curiosamente no orientó la nueva dirección investigativa hacia la biología. A pesar de que los aportes de Darwin ya eran ampliamente conocidos, los métodos comparativos y las cuestiones filogenéticas quedaron completamente al margen de la nueva psicología experimental. La misma se orientó según el modelo de la física, en la cual por aquella época la teoría atómica justo celebraba sus primeros triunfos. Partió del supuesto de que el comportamiento de los seres vivos, como todo lo material, tenía que estar compuesto por elementos autárquicos e indivisibles. Con esto, el en si mismo correcto afán de considerar simultáneamente los aspectos compensatorios de lo psíquico y de lo físico en la investigación del comportamiento, condujo necesariamente a que se considerara al reflejo como elemento importante, y hasta como único elemento, incluso en los procesos neuronales más complejos. Al mismo tiempo, los trabajos de I.P. Pawlow hicieron aparecer el proceso de formación de los reflejos condicionados como una correlación fisiológica esclarecedora de los procesos asociativos investigados por Wundt. Constituye una prerrogativa del genio el sobreestimar el alcance de los nuevos principios de explicación que ha hallado y así no es de extrañar que estos descubrimientos, realmente fundacionales y tan convincentemente complementarios, sedujesen no solamente a sus descubridores sino a todo el mundo científico haciéndole creer que sobre la base del reflejo y de la reacción condicionada se podría explicar “todo” comportamiento animal y humano.

Los enormes y por cierto admirables éxitos iniciales que cosechó tanto la doctrina de los reflejos como la investigación de las reacciones condicionadas; la atractiva simpleza de las hipótesis y la aparente exactitud de los experimentos, hicieron que ambas se convirtiesen en líneas de investigación realmente dominantes en todo el mundo. Sin embargo, la gran influencia que adquirieron sobre la opinión pública tiene otra explicación. Resulta ser que, si uno aplica esas teorías al ser humano, se descubre que son muy aptas para aventar todas aquellas preocupaciones que surgen en el hombre por la existencia de lo instintivo y de lo subconsciente. Los partidarios ortodoxos de la doctrina afirman, categórica y claramente, que el ser humano nace como una hoja en blanco y que todo lo que piensa, siente, sabe y cree no es sino el resultado de su “condicionamiento” (algo que, lamentablemente, también dicen psicólogos alemanes).

Por los motivos que Philip Wylie expone con gran claridad, esta opinión halló una aceptación general. Incluso personalidades religiosas pudieron ser convertidas para adoptarla puesto que, si cada niño nace como una “tabula rasa”, a todo creyente le cabe la responsabilidad de ver que el niño – y dentro de lo posible todos los demás niños también – resulten educados en la única y verdadera fe religiosa propia. De este modo, el dogma behaviorístico refuerza a todo doctrinario en su convicción y no hace nada por conciliar las diferentes doctrinas religiosas. Los liberales e intelectuales norteamericanos, sobre quienes ejerce gran poder de atracción cualquier teoría práctica, simple y fácil de entender, se convirtieron casi sin excepción a esta doctrina; sobre todo también porque ésta se las ingenió para presentarse falsamente como un principio liberal y democrático.

Que todos los seres humanos tienen derecho a las mismas posibilidades de desarrollo es algo que constituye una verdad ética indudable. Pero con demasiada facilidad esta verdad se deja convertir en la falsedad de afirmar que todos los seres humanos tienen potencialmente el mismo valor. La doctrina behaviorística da incluso un paso más pretendiendo afirmar que todos los seres humanos serían iguales si se desarrollasen bajo las mismas condiciones y que hasta se convertirían en seres completamente ideales si tan sólo estas condiciones fuesen también ideales. Por consiguiente, los seres humanos no pueden – mejor dicho no deben – poseer cualidades heredadas; y, sobre todo, no de la clase de aquellas que determinan su comportamiento social y sus necesidades sociales.

Los detentadores del Poder en los Estados Unidos, en China y en la Unión Soviética están completamente de acuerdo en que la ilimitada condicionabilidad del ser humano es algo deseable en el más alto grado. Su fe en la doctrina pseudo-democrática responde – como lo señala Wylie – al deseo de que sea cierta. Porque estos manipuladores de ninguna manera son algo así como superhombres satánicamente inteligentes sino, a su vez, víctimas demasiado humanas de una doctrina inhumana. Sucede que esta doctrina se resiste a todo lo específicamente humano. Todos los fenómenos mencionados aquí como contribuyentes a la pérdida de lo humano son extraordinariamente deseados por esta doctrina en aras de una mejor manipulación de las masas. “¡Maldita sea la individualidad!” es la consigna. Tanto el gran productor capitalista como el funcionario soviético tienen el mismo interés en lograr que, a través del condicionamiento, sus súbditos sean lo más uniformemente iguales y dóciles que sea posible; de un modo no muy diferente a lo que Aldous Huxley describía en su novela futurística “The Brave New World”.

La pseudo-creencia de que, presuponiendo el “condicionamiento” adecuado, se podría pretender cualquier cosa del ser humano y directamente convertirlo en cualquier cosa, es una creencia que se encuentra en la base de muchos pecados mortales que la humanidad civilizada comete contra la naturaleza, contra la naturaleza del hombre y contra lo esencialmente humano. Cuando una ideología universal, junto con la política que de ella se desprende, está basada en una mentira, el resultado sencillamente tiene que traer consigo las más adversas consecuencias. La doctrina pseudo-democrática tiene también, sin duda alguna, buena parte de la culpa por el colapso moral y cultural de los Estados Unidos, un colapso que muy probablemente arrastrará en su torbellino a todo el mundo occidental.

A. Mitscherlich, que conoce muy bien el peligro, reconoce que la humanidad está siendo adoctrinada con un falso código de valores, solamente apreciado por quienes lo manipulan. No obstante, extrañamente, afirma: “Sin embargo no debemos suponer de ninguna manera que las personas en nuestra época se encuentran impedidas en sus realización individual por un refinado sistema de manipulaciones de un modo mayor a como lo estuvieron en épocas anteriores”. ¡Pues yo estoy completamente convencido de que lo están! Nunca antes masas tan grandes de personas han estado distribuidas en tan pocos grupos étnicos. Nunca antes la sugestión masiva ha sido tan eficaz. Nunca antes los manipuladores han tenido a su disposición una técnica de promoción tan buena y tan bien fundada sobre experimentos científicos. Nunca antes dispusieron de “medios masivos” de difusión tan intrusivos como los actuales.

Correspondiéndose con la básica igualdad de objetivos, también son iguales los métodos empleados en todo el mundo por medio de los cuales los diferentes “establishments” pretenden convertir a sus súbditos en ideales representantes del American Way of Life, en ideales funcionarios, en ideales Hombres Soviéticos, o en cualquier otra cosa ideal. Nosotros, los hombres supuestamente libres de la cultura occidental ya ni tomamos conciencia del modo en que resultamos manipulados por las decisiones comerciales de los grandes productores. Cuando viajamos a la República Democrática Alemana o a la Unión Soviética nos llaman la atención por todas partes esos carteles y letreros rojos que, precisamente por su omnipresencia, deben ejercer un profundo efecto sugestivo, en un todo igual a las “babbling machines” de Aldous Huxley que suave e ininterrumpidamente murmuraban los dogmas de fe a propagar. Como algo agradable, por el contrario, percibimos la ausencia tanto de carteles luminosos como de todo despilfarro. En el Este nada que sea todavía utilizable es desechado. El papel de diario se utiliza para empaquetar los bienes que se compran y fotos antiquísimas se cuidan con todo cariño. Allí es dónde a uno, poco a poco, le queda claro que la promoción a gran escala de los productores de ninguna manera es de naturaleza apolítica sino – mutatis mutandis – cumple exactamente la misma función que los letreros y carteles rojos. Se pueden tener opiniones diversas acerca de si todo aquello que proclaman los carteles es, o no, una tontería o algo malo. Pero el tirar a la basura bienes apenas usados con el fin de adquirir otros más nuevos y el crecimiento eruptivo de la producción y el consumo es, demostrablemente y sin duda alguna, tan tonto como malo – en el sentido ético de esta palabra. En la medida en que el trabajo manual resulta aniquilado por la competencia de la industria, en la cual la existencia del pequeño empresario e incluso del campesino se vuelve insostenible, todos, en la conducción de nuestras vidas, simplemente estamos obligados a inclinarnos ante los deseos de los grandes productores; a comer los alimentos y a vestirnos con la ropa que ellos deciden que debemos comprar y lo peor de todo es que, debido al condicionamiento del cual se nos ha hecho objeto, ni nos damos cuenta de que nos manipulan.

El método más irresistible para hacer manipulable a grandes masas de población a través de la igualitarización de sus apetencias lo ofrece la moda. Originalmente ésta se habrá originado en el afán genéricamente humano de hacer visible la pertenencia a un grupo cultural o étnico. Piénsese tan sólo en las diversas vestimentas tradicionales que, como consecuencia de un típico proceso de constitución de pseudo-especies, solían formar sobre todo en los valles de las montañas una serie maravillosa de “especies”, “subespecies” y “variedades locales”. Sobre la relación existente entre esta vestimenta y la agresión colectiva de diferentes grupos entre si ya hemos hablado antes. Un segundo efecto de la moda, más esencial para lo que venimos viendo, probablemente apareció en escena recién allí en dónde, en el interior de comunidades urbanas mayores, se hizo presente el afán de mostrar públicamente la posición jerárquica propia, el “status”, por medio de distintas características en las prendas de vestir. En su aporte al simposio del Institute of Biology de Londres en 1964, Laver demostró de una forma muy bella que siempre fueron los estratos superiores los que se cuidaron de que a los estratos inferiores ni se les ocurriese apropiarse de los distintivos del rango que por su “posición” social no les correspondían. Apenas si hay un ámbito de la historia cultural en el cual la progresiva democratización de los países europeos se manifieste de una manera tan clara como en el de las modas del vestir.

En su función original, la moda probablemente ejerció una influencia estabilizadora y conservadora sobre el desarrollo cultural. Eran los patricios y los aristócratas los que prescribían sus leyes. Tal como Otto Koenig ha demostrado en la historia de los uniformes militares, características antiguas, provenientes todavía de la época de la caballería andante y que habían desaparecido hacía mucho de los uniformes de la tropa, persistieron todavía durante largo tiempo como insignias de los rangos de altos y muy altos oficiales. Esta valoración de lo antiguo en la moda sufrió un cambio de signo en el momento en que se hicieron sentir los fenómenos de la ya mencionada neofilia. A partir de allí, en grandes masas de seres humanos se convirtió en un signo de alto rango el marchar a la cabeza de todas las innovaciones “modernas”. Por supuesto que estuvo dentro del interés de los grandes productores el fortalecer en la opinión pública la noción de que proceder de esta manera era ser “progresista” y hasta patriótico. Sobre todo parece ser que consiguieron convencer a la masa de consumidores de que la posesión de la más nueva versión de ropa, muebles, autos, lavarropas, lavaplatos, televisores y etc. constituía el más indiscutible “símbolo de status” (mientras, simultáneamente, también era lo que más efectivamente aumentaba la difusión del crédito). Pequeñeces ridículas podían ser convertidas en “símbolos de status” y consecuentemente explotadas financieramente por el productor como lo demuestra el siguiente tragicómico ejemplo: como recordarán los viejos especialistas en automovilismo, los autos de Buick solían tener a los costados del capot unas aperturas de forma similar a los ojos de buey, completamente inútiles, pero con un marco cromado. Específicamente, el Buick de ocho cilindros tenía 3 en cada lado mientras que el más barato de seis cilindros traía solamente 2 de estos agujeros. En el momento en que un bien día la firma decidió otorgarle 3 ojos de buey también al de seis cilindros, la medida tuvo el efecto esperado de aumentar las ventas de este modelo en forma sustancial; algo que compensó a la firma por la innumerable cantidad de cartas de reclamo que recibió de parte de los propietarios del modelo de ocho cilindros que se quejaron amargamente por el hecho de que el símbolo de status correspondiente sólo a su auto le había sido otorgado a otros autos de rango inferior.

Sin embargo, los peores efectos de la moda se producen en el área de las ciencias naturales. Sería un gran error creer que los científicos profesionales se hallan libres de las enfermedades culturales que constituyen el tema de este escrito. Solamente los representantes de las ciencias directamente relacionadas con este objeto, como los ecólogos y los psiquiatras, se dan cuenta en absoluto de que hay algo podrido en la especie Homo Sapiens L. y justamente ellos son los que poseen un rango muy inferior en el orden jerárquico que la opinión pública le reconoce a las distintas ciencias como George Gaylord Simson lo expusiera tan excelentemente en su escrito satírico sobre el “Peck order” de las ciencias.

No solo la opinión pública acerca de la ciencia sino también la opinión dentro de las ciencias se inclina indudablemente a otorgarle el puesto máximo a aquellas ciencias que aparecen como las más importantes desde el punto de vista de una humanidad degradada y masificada, que se encuentra alienada de la naturaleza, cree solamente en valores comerciales, es pobre en sentimientos, se ha domesticado y ha sido despojada de toda tradición cultural. Considerándola en un gran promedio estadístico, también la opinión pública de las ciencias naturales se encuentra enferma de todos los síntomas de decadencia que se han discutido en los capítulos anteriores. “Big Science” [18] no es de ningún modo la ciencia de las cosas más grandes y más elevadas que hay sobre nuestro planeta; de ningún modo es la ciencia del alma humana y del espíritu humano, sino exclusivamente aquella que produce mucho dinero o grandes cantidades de energía, o bien otorga gran poder; aunque más no sea el poder de exterminar todo lo realmente grande y hermoso.

La primacía que entre las ciencias naturales se le ha otorgado de hecho a la física de ninguna manera debe ser negada. En el sistema estratificado y sin contradicciones de las ciencias naturales, la física constituye la base. Cualquier análisis exitoso, en cualquiera de los sistemas naturales, incluso al nivel de la más alta integración, constituye un paso “hacia abajo”, hacia la física. Analizar significa en realidad disolver y lo que a través del análisis se disuelve y desaparece de este mundo no son las leyes de la ciencia natural más especial sino exclusivamente sus límites con lo vecino-más-genérico. Una verdadera disolución de fronteras de esta clase ha tenido éxito hasta ahora en una sola oportunidad: la química física pudo realmente llevar las leyes naturales de su esfera de investigación hacia una física más general. En la bioquímica se está gestando una disolución de fronteras análoga entre la biología y la química. Aún cuando muy pocos éxitos especulativos de esta índole se pueden constatar en las demás ciencias naturales, aún así el principio de la investigación analítica sigue siendo el mismo por todas partes. Lo que se intenta es tomar los fenómenos y las leyes de una determinada área del saber – las “capas del ser real” como diría Nicolai Hartmann – para relacionarlas con aquellas que rigen en el área general más próxima y explicar, a partir de la estructura más especializada, las que son propias y exclusivas de la capa real superior. Aunque nosotros los biólogos consideramos la investigación de estas estructuras y de su historia lo suficientemente importantes y también lo suficientemente difíciles como para no entender a la biología, como lo hace Crick (a rather simple extension of physics) [19] , en términos de una rama secundaria de la física. Y subrayamos también que la física, por su parte, también descansa sobre una base y que esta base es una ciencia biológica; específicamente: la ciencia del espíritu humano viviente. Pero, a pesar de todo, seguimos siendo buenos “fisicólogos” en el sentido arriba expuesto y reconocemos que la física es la base hacia la cual se dirige nuestra investigación.

No obstante, afirmo que el gran reconocimiento obtenido por la física como la “más grande” de todas las ciencias no se debe al merecido prestigio que la física tiene como base de todas las ciencias naturales. Este reconocimiento se debe en una medida mucho mayor a las totalmente perniciosas razones ya mencionadas. La extraña valoración de las ciencias por parte de la opinión pública actual que menosprecia a cada ciencia individual tanto más cuanto más complejo y más valioso es el objeto de su investigación – como Simpson afirma con toda razón – sólo se puede explicar por estos motivos, y por algunos otros que se tratarán a continuación.

Es completamente legítimo por parte de quienes se dedican a las ciencias naturales el elegir el objeto de su investigación en cualquier capa del ser real y en cualquier alto nivel del plano de integración del fenómeno de la vida. Incluso la ciencia del espíritu humano, sobre todo la teoría del conocimiento, está comenzando a convertirse en una ciencia natural. La llamada exactitud de la investigación de la naturaleza no tiene absolutamente nada que ver con la complejidad y con el nivel de integración de su objeto de estudio y depende exclusivamente de la autocrítica del investigador y de la pureza de sus métodos. La denominación usual de la física y de la química como ciencias “exactas” constituye una difamación de todas las demás. Las conocidas frases como, por ejemplo, aquella que afirma que toda investigación de la naturaleza es ciencia tan sólo en la medida en que contiene matemáticas; o que la ciencia consistiría en “medir lo medible y en hacer medible lo que no se puede medir”, son tanto desde el punto de vista humano como del de la teoría del conocimiento, la estupidez más grande que jamás haya pasado por los labios de quienes deberían haberlo sabido mejor.

Pero, si bien estas pseudo-verdades son demostrablemente falsas, sus consecuencias siguen dominando aún hoy el cuadro de la ciencia. Actualmente se ha hecho moda el servirse de métodos similares a los de la física, y esto sin importar si los mencionados métodos prometen – o no prometen – un mayor éxito en la investigación del objeto en cuestión. Cualquier ciencia natural, incluso la física, comienza con la descripción; avanza a partir de allí hacia la categorización de los fenómenos descriptos y, recién a partir de allí, sigue hacia la abstracción de las leyes que los rigen. El experimento sirve solamente para la verificación de las leyes naturales abstraídas y se halla, así, al final de la lista de métodos. Estas etapas que ya Windelband enumeró como los estadios descriptivo, sistemático y nomotético, tienen que ser transitados por toda ciencia natural. Ahora bien, puesto que la física se encuentra desde hace tanto tiempo en el estadio nomotético y experimental de su desarrollo y, aparte de ello, desde el momento en que ha avanzado tan lejos hacia lo no-representable que tiene que definir sus objetos en lo esencial según las operaciones por medio de las cuales ha llegado a conocerlos, existen algunas personas que creen que estos métodos también tienen que ser aplicados a objetos de investigación sobre los cuales, considerando el estadio actual de nuestro conocimiento, es de aplicación única y exclusivamente la simple observación y descripción. Mientras más complejo y más altamente integrado es un sistema orgánico, tanto más estrictamente hay que observar la secuencia de Windelband y es precisamente por esto que, justamente en el terreno de la investigación del comportamiento, el operacionalismo experimental prematuro presenta ya sus frutos absurdos. Resulta tan sólo comprensible que esta falsa tesitura se vea reforzada por la fe en la doctrina pseudo-democrática que afirma que la conducta del animal y del hombre no están determinadas por ninguna de las estructuras del sistema nervioso central surgidas a lo largo de la filogenia sino exclusivamente por influencias ambientales y por el aprendizaje. El desatino básico de la forma de pensar y de trabajar dictada por la doctrina behaviorista reside precisamente en este desprecio por las estructuras. La descripción de una estructura se considera directamente superflua. Solamente métodos operacionales y estadísticos resultan admitidos como legítimos. Pero, desde el momento en que todas las leyes biológicas surgen de las funciones de estructuras, el tratar de arribar a la abstracción de las leyes que dominan su comportamiento, sin haber efectuado antes la investigación descriptiva de la estructura de los seres vivos, termina siendo un esfuerzo inútil.

Por más que las reglas básicas del principio científico sean fáciles de comprender (siendo que cualquier bachiller las debería tener en claro antes de comenzar con estudios universitarios), tanto más terca y obcecadamente se está imponiendo la moda de plagiar a la física a lo largo y ancho de casi toda la biología moderna. Esto se vuelve tanto más pernicioso mientras más complejo sea el sistema bajo investigación y mientas menos se sabe de él. El sistema neurosensorial, que determina el comportamiento de los animales superiores y del ser humano, puede lícitamente ser colocado en el primer lugar en ambos sentidos. La tendencia de moda que es considerar como “más científica” a la investigación que se mantiene en los estratos de integración más inferiores, conduce así con demasiada facilidad al atomismo, es decir: a investigaciones parciales de sistemas subordinados sin la obligada consideración del modo y de la manera en que éstos se encuentran insertos en la arquitectura del todo. El error metodológico no reside, pues, en el afán común de todos los naturalistas de referir incluso los fenómenos vivientes del más alto nivel de integración a leyes naturales basales – en este sentido todos somos “reduccionistas” – sino que el error metodológico que denominamos reduccionismo consiste en que, en estos intentos de explicación, se deja sin considerar la inmensamente compleja estructura en la cual se entrelazan los subsistemas, siendo que sólo a partir de ella es posible llegar a comprender las propiedades sistémicas de la totalidad. El que desee informarse más en detalle sobre la metodología de la investigación de la naturaleza que le hace justicia a los sistemas, puede leer “Aufbau der realen Welt” de Nicolai Hartmann o bien “Reductionism stratified” de Paul Weiss [20] . Ambas obras expresan lo mismo en lo esencial y el hecho consideren la cuestión desde muy diferentes puntos de vista hace que lo expuesto aparezca de un modo especialmente flexible.

Las peores consecuencias de la actual moda científica, sin embargo, se obtienen recién cuando – al igual que en la vestimenta y en los automóviles – la misma se pone a crear símbolos de status puesto que recién a partir de allí es que se construye esa jerarquización de las ciencias de la que se burla Simpson. El auténtico operacionalista, reduccionista, cuantificador y estadístico mira con conmiserativo desprecio a todos los pasados de moda que todavía creen en que se pueden obtener nuevos y esenciales conocimientos de la naturaleza mediante la observación y la descripción del comportamiento animal y humano. El ocuparse de sistemas vivientes de alta integración se considera “científico” solamente cuando, por medio de medidas deliberadas – Donald Griffin las llama acertadamente “simplicity filters” [21] – se despierta la engañosa apariencia de la “exactitud”, es decir: una similitud aparente con la simpleza de la física. O bien cuando la evaluación estadística de una numéricamente imponente cantidad de datos hace olvidar el hecho que las “partículas elementales” bajo investigación son seres humanos y no neutrones. En una palabra: sólo cuando se extirpa de la consideración todo lo que hace realmente interesante a los sistemas orgánicos altamente integrados, el ser humano incluido. Esto es válido sobre todo para la experiencia subjetiva que resulta reprimida como algo altamente impropio, en el sentido freudiano del término. Si alguien propone su propia vivencia subjetiva como objeto de investigación, lo que recibe es el mayor de los desprecios y la acusación de subjetivismo; más aún si tiene la osadía de utilizar como fuente de conocimientos la isomorfía de los procesos psicológicos y fisiológicos para tratar de comprender a estos últimos. Los doctrinarios de la doctrina pseudo-democrática han escrito abiertamente sobre su bandera el apotegma de la “psicología sin alma”. Con ello, lo que olvidan por completo es que, incluso en sus investigaciones más “objetivas”, pueden tener un conocimiento del objeto a investigar únicamente por el camino de sus propias experiencias subjetivas. Si alguien se atreve tan sólo a afirmar que se puede practicar la ciencia del alma humana considerándola como una ciencia natural, lo que le sucederá es que lo considerarán sencillamente demente.

Todos estos yerros de los científicos actuales son, esencialmente, acientíficos. Sólo la presión ideológica del consenso de masas muy grandes y firmemente adoctrinadas de seres humanos puede llegar a explicarlos; una presión que tiene la capacidad de producir modas increíblemente tontas también en otras áreas de la vida humana. El adoctrinamiento dependiente de la moda es especialmente peligroso en el área científica tan sólo porque dirige el afán de saber de demasiados naturalistas modernos – aunque por suerte no de todos – en una dirección que es exactamente contraria al verdadero objetivo de todo afán de conocimiento humano; es decir: a que el hombre se conozca mejor a si mismo. La tendencia que la moda actual le prescribe a la ciencia es inhumana en el más feo sentido de esta palabra. Hay pensadores que ven claramente los fenómenos de pérdida de humanización que aparecen como tumores malignos por todas partes y tienden a ser de la opinión que el pensamiento científico como tal es inhumano siendo que ha sido este pensamiento el que habría contribuido al peligro de la “deshumanización”. Como se desprende de lo ya dicho, no comparto esa visión. Creo, muy por el contrario, que los científicos actuales, por ser hijos de nuestro tiempo, están siendo atacados por fenómenos de deshumanización que, de un modo primario, aparecen por todos lados en la cultura no-científica. No sólo existen coincidencias hasta de detalle entre las enfermedades culturales genéricas y las atinentes en forma especial a la ciencia; más allá de ellas y al mirarlas de cerca, las genéricas resultan ser las causas y no las consecuencias de las científicas. La peligrosa adoctrinabilidad de la ciencia a manos de la moda que amenaza con robarle a la humanidad su último punto de apoyo jamás hubiera podido engendrarse de no haber sido porque las enfermedades culturales tratadas en los primeros cuatro capítulos de este trabajo le allanaron el camino. La sobrepoblación con su inevitable des-individualización y uniformización; el alejamiento de la naturaleza con la pérdida de la facultad de respetarla; la competencia comercial del ser humano consigo mismo que convierte al medio en un fin en si mismo a través del estilo utilitarista de pensar haciendo olvidar el objetivo original; y, no en último término, el achatamiento de la sensibilidad – todo ello dejan sus rastros en los fenómenos de deshumanización que padece la ciencia, por lo que son su causa y no su consecuencia.

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